miércoles, noviembre 23

Mónica Ojeda: "La infancia es el lugar del horror"

POR AMANDA PAZMIÑO

La escritora y profesora de literatura Mónica Ojeda, autora de La desfiguración Silva (Premio Alba de Narrativa 2014) y de El ciclo de las piedras (Premio Nacional de Poesía Desembarco 2015), trae una propuesta atípica en la narrativa ecuatoriana. Su segunda novela —Nefando, publicada en España por Candaya— es un artefacto que tiene la fuerza de un río desgarrador que conduce al lector a lo más primitivo y desolador que puede ejecutar un humano: la violencia. Abre las puertas para habitar con agallas el origen del dolor a través de un videojuego perverso creado para la deep web. Nefando marca su objetivo desde el inicio: previene al lector que va a vislumbrar lo perturbador, lo que no se quiere ver porque resulta extremadamente doloroso, lo aterra, le permite palpar la violencia, la muerte que se dibuja lenta y silenciosamente. Su efecto inmediato es que el lector se cubra de impotencia, se le estruje la sensibilidad y quiera leer saltándose ciertas partes. 

La infancia se define como una prueba de resistencia. Vemos a través de los protagonistas cómo fueron víctimas de sus padres —las primeras relaciones humanas— pero sobreviven en el presente. Coloca sobre la mesa las posibilidades de la perversión como un acto de albedrío individual que nace de la violencia y la multiplica. Se plantea mostrar que la crueldad extrema existe y forma parte de lo más insondable de la humanidad.

Ojeda desenvuelve descripciones dinámicas que tienen un valor fuertemente denotativo y metafórico. Entonces leemos: "ojos laguna"; "manos Kingman"; "hubo tinieblas, no cisnes"; "vulva Gasparín"; "mordidas de las hienas heridas de moral". Y se nombran los discursos sobre al arte que buscan deconstruir los límites de la corporalidad como un lugar más de enunciación que atiende a aspectos de indagación de lo humano.

Los personajes son seis jóvenes que reflexionan sobre lo humano anexado a los límites y posibilidades del lenguaje y del cuerpo desde la complejidad del mundo contemporáneo. Recalco la precisión de Ojeda para crear voces de ambos sexos, para escribir el sentir y la dinámica de pensamiento que tienen sobre el mundo personajes que pertenecen a sexualidades disidentes, como el caso de Iván, quien sueña con tener un cuerpo de mujer. Esta posición remite a una postura política en la que no se olvida ninguna voz, que agudamente busca empatizar con sus personajes, sin descartar la metafísica de su existencia, la problematización del ser, y estando en contacto con el mundo y la vejación de las relaciones primeras que suceden en la infancia.

A continuación, Mónica Ojeda nos cuenta su experiencia con Nefando, los intereses de su escritura, los riesgos asumidos y sus lecturas previas.

¿Qué cercanía y qué distancia tiene el erotismo con la muerte (ambos abarcan dos pulsiones humanas) desde la escritura del cuerpo?
Justamente Bataille escribe sobre esta relación entre sexo y muerte en El erotismo. El nexo que los une es lo inexorable del cuerpo tanto en el sexo como en la muerte; y allí donde el cuerpo no puede ser eludido ni sublimado, este se nos revela en toda su desnudez. El velo de gracia de las palabras se dinamita frente al desenfreno de la sexualidad y la violencia última de la muerte. Se trata de la sensación de vértigo por la que pagas un boleto a una montaña rusa: buscamos, queremos y deseamos experiencias corporales extremas que nos recuerden que estamos vivos. La consciencia de lo que acarrea esa experiencia es la escritura del cuerpo.

Inscribir una novela dentro de la novela es un recurso que permite acercarse a la visión del escritor, su meta en el texto, sus conflictos resueltos y comprender la soledad fructífera que conlleva escribir. ¿Por qué motivos específicos aplicó este recurso en Nefando? ¿Lo usaría en una próxima novela?
En este caso está allí como un portal a la mente de un personaje. Este personaje es una joven escritora y me pareció que incluir la nouvelle pornográfica que ella escribe dentro de Nefando era una forma de profundizar en su mirada sobre el mundo y en sus inquietudes. Por lo tanto, su inclusión surgió como una necesidad narrativa que me planteaba el mismo artefacto que estaba creando. Pienso que cada texto tiene sus requerimientos propios y lo importante es saber responder a ellos y no imponerle a lo que escribes formatos que no le aporten mayor cosa. Por eso no me negaría a volver a usarlo, pero tampoco lo planeo.

¿Es la escritura de Nefando una necesidad de respuesta a las lecturas e investigaciones que ha realizado en la deep web? ¿Cómo fue este proceso de investigación?
No es un ejercicio de respuesta. La literatura es un pésimo lugar para recoger certezas; para eso viene mucho mejor la investigación académica (y yo diría que ni siquiera). Nefando fue un intento de ensayar miradas múltiples sobre lo que me inquietaba hace dos años: la violencia como experiencia física y mental, los límites del lenguaje, el cuerpo enmudecido o paralizado, lo abyecto, etcétera.  

Es interesante el planteamiento de un personaje que ve la programación como "arma por antonomasia de la desobediencia civil" y la determinación de otro en que "lo revulsivo merece ser articulado". ¿Considera que existe competencia de discursos en cuanto acción política entre el lenguaje virtual y la escritura? 
Creo que existe una pregunta sobre los límites de la escritura, o lo que se puede esperar de ella, en la novela. El lenguaje C de los programadores, que también es una escritura, se contrapone a la escritura literaria como un lenguaje que hace aparecer y desaparecer cosas: que viola la privacidad, que construye portales y abre puertas de forma inmediata. La escritura literaria de Kiki también hace eso, pero de otra manera; por lo tanto, aunque son escrituras contrapuestas y muy disímiles, creo que hay un nexo entre ambas: la capacidad que tienen de crear espacios en donde nuestra empatía puede extenderse.

¿Por qué ve la poesía como un medio para expresar lo epifánico, lo revelador y lo que busca trascender a través del tiempo? Un retruécano del segundo capítulo lo propone: "Ombligo de la sed del mundo era su piel: ombligo de la piel del mundo era su sed".
Porque la poesía desnuda las palabras y las devela como lo que realmente son: maremotos en la mente. El uso común y cotidiano de las palabras es enajenador; actúa vaciando las palabras de cualquier efecto y dejándolas inermes, incapaces de suscitar nada dentro de nosotros. La poesía vuelve a cargar las palabras de un sentido fresco, nuevo, que nos abre y nos deja frágiles ante semejante descubrimiento. Por eso para Kiki la poesía es un portal por donde re-describir y renombrar el mundo.

¿Cuáles son las verdades a las que llegó respecto a la infancia de los seis protagonistas mientras escribía Nefando?
No conozco más verdad que la mía, y para mí la infancia es el lugar del horror. Jamás la entendí como el paraíso perdido al que todos quieren regresar, sino como una edad en la que se está expuesto a múltiples violencias porque, seamos honestos, nunca serás más frágil y más precario que cuando eres un niño. Así, también, a esa edad eres un agente de violencia y de crueldad extrema, pues aún estás aprendiendo a desarrollar tu empatía hacia los demás. La infancia es el territorio de lo innombrable, ese tiempo en el que careces de lenguaje para narrar tus propias experiencias traumáticas. Por eso a veces somos incapaces de entender lo que nos ha sucedido cuando éramos pequeños: porque no podemos articularle un sentido.

¿Son los escritores que menciona, cita y homenajea todos los que apoyaron a la construcción de Nefando o de su poética en general?
De alguna forma, sí, pero no son los únicos. Por supuesto, toda la tradición de literatura pornográfica aportó a Nefando.

¿Cuáles fueron sus influencias de la tradición novelística ecuatoriana?
No sé si llamarla influencia, pero sí siento que sigo una línea escritural en Nefando, por ejemplo, que me puede emparentar con escritores como Efraín Jara Idrovo en su Sollozo por Pedro Jara: una búsqueda de articulación de lo inarticulable, un ejercicio de "palabrar" el grito. Me siento más cercana a la poesía ecuatoriana que a su narrativa, confieso.

Hay valor y convicciones muy fuertes en su escritura, ¿tomaría el riesgo de nuevo de navegar en la deep web?
Sí, ya lo hice una vez y volvería a hacerlo. La deep web no me asusta, sino las personas. Las personas de los foros me aterran, pero aun así quiero entenderlas para entenderme. Mi miedo, llegué a pensar, quizás sea encontrar algo de ellos en mí. Pero quizás hay algo de ellos en todos nosotros.

Narrar la oscuridad


En la novela El punto idiota, el escritor argentino Pablo Farrés describe cómo su protagonista se convierte en escritor. El proceso es literal: Maurau, un niño de once años, se transforma físicamente. Farrés se sirve de dos lugares comunes en torno a la escritura —que la escritura es una búsqueda del silencio y que el autor debe permanecer invisible— y los materializa, los vuelve carne. Así, el pequeño Maurau pasa directamente de tener el deseo de escribir a convertirse en un ser inerte, vuelto sobre sí mismo al borde de la desaparición. Algo parecido es lo que hace Mónica Ojeda con los personajes de Nefando, su segunda novela.

Dispuesta como una investigación acerca de un videojuego del mismo nombre, la novela intercala entrevistas y narraciones varias. Los protagonistas son seis estudiantes universitarios —tres hermanos ecuatorianos: Irene, Cecilia y Emilio; dos mexicanos: Iván y Kiki; y un español, a quien llaman el Cuco— que compartieron un piso en Barcelona. En ese período se creó el videojuego con las ideas de los hermanos Terán y el conocimiento en programación del Cuco. Kiki, además, escribe una novela, de la que se presentan los primeros capítulos.

Entre la literatura pornográfica, el internet profundo y la filosofía queer, Nefando se arma a sí misma como una novela de ideas. En las primeras páginas se lee: “Pensar era una actividad invisible que había que hacer física de alguna manera”. Y más adelante: “Escribir era la única forma que conocía de esculpir ideas”. Ojeda va un poco más allá de lo que hace Farrés en El punto idiota y mantiene un juego doble entre cuerpos que buscan enunciarse (Iván es un transexual en proceso) y lenguajes que necesitan una corporalidad (la reflexión de los hermanos Terán sobre el victimismo que se encarna en el videojuego).

Hace poco, César Aira dijo en una conferencia que es muy fácil escribir bien y por eso estamos inundados de buenos libros, que son casi todos tan inofensivos como desalentadores. Para escribir mal, decía Aira, hace falta un esfuerzo extra, conocer los mecanismos de la escritura y trabajar en contra. Escribir mal, entonces, como una forma de escribir mejor. ¿Cómo lograrlo? Se lee en Nefando: “Para leer bien hay que leer mal; hay que leer lo que no quieren que leamos”. Ojeda leyó todo lo malo y escribió lo que no quieren que se lea.

El núcleo está compuesto de los últimos tabúes de Occidente: la pedofilia, la pornografía infantil y el sexo entre niños. El videojuego reproduce videos de esas relaciones y deja al jugador —y por consecuencia al lector— con la responsabilidad de qué hacer con eso. Dice el Cuco al recordar a uno de los hermanos Terán: “hablaba de la imagen de la infancia que, según ella, era una representación cultural que no se correspondía con la infancia de verdad, decía que los niños no eran bondad, ternura e inocencia, sino musarañas y que también podían ser despreciables”.

En contra del discurso imperante de la víctima, los hermanos Terán asumieron los sucesos de su infancia y no se sentían humillados ni merecedores de la pena ajena. Por ende, tenían el poder sobre quienes se habían aprovechado de ellos. ¿Quién podría juzgarlos por usar los videos de sus propias violaciones? No es que estuvieran más allá de la moral y la justicia occidentales sino que habían puesto en evidencia sus fallos.

En una reciente ponencia sobre la censura, J. M. Coetzee sostuvo que el efecto más corrosivo de la histeria occidental sobre la pedofilia es que ya no se puede escribir sobre niños sin alertar sobre posibles tendencias pedofílicas. Esa vigilancia sobre lo bueno y lo normal, argumentó Coetzee, tiene consecuencias más negativas que positivas. La literatura no debe ser una representación de la belleza sino de lo sublime. Es decir, de la experiencia del placer y la adquisición del conocimiento a partir del dolor y del espanto.

El camino que traza Nefando es el de “pornografiar la vida”, como dice uno de sus personajes, porque “un lenguaje pornográfico podía ser el que desocultara la palabra”. Aunque la forma remite mucho a Roberto Bolaño y algo a David Foster Wallace, es evidente que Ojeda impone en ella su propia lectura del mundo y, lo más interesante, da paso para que de ahí salgan otras voces a contar la historia, sus historias. La investigación que sigue el lector no llega a ninguna conclusión y no hay respuestas a la desolación de las grietas reveladas. Pero ahí está el mérito de la novela, en el intento de narrar la oscuridad y el silencio que están en la frontera del lenguaje.

Nefando, Mónica Ojeda. Candaya, 2016. 206 páginas.

sábado, octubre 22

Pasión y crimen en la ciudad de la culpa


Es un hecho obvio que el clima influye en las personas y su estado de ánimo. El arte se ha valido de esto para caracterizar personajes y ambientes. Lo interesante ocurre cuando se llega a los extremos. En El extranjero, de Albert Camus, el protagonista comete un asesinato mientras camina por la playa bajo un sol tremendo. Sylvia Plath sitúa la crisis depresiva de La campana de cristal en medio de un verano raro y sofocante. Ese trabajo exploratorio sobre un clima agobiante y las personas que lo padecen está también en Hoteles del silencio (Pre-Textos, 2016), la más reciente novela de Javier Vásconez.

Como en Seven, la película de David Fincher, la lluvia constante y la presencia de un criminal le dan a Hoteles del silencio un aire a relato policial. La ciudad donde ocurre la historia es Quito, por lo que los volcanes que la rodean refuerzan aún más la oscuridad moral de su atmósfera. Vásconez, sin embargo, no hizo de ésta una novela enteramente negra o policial. Hay rasgos comunes, sí, pero el esqueleto de la trama es la extraña relación entre dos de sus personajes, Jorge Villamar y Loreta.

Quien ha leído a Vásconez antes recordará a Jorge Villamar, quien trabaja en una papelería y padece de epilepsia. Loreta, por otro lado, es una doble migrante. Primero, de niña, se fue a Madrid con su madre y ahora, ya adulta y embarazada, regresa a Ecuador.

El embarazo de Loreta marca el tiempo de la novela. Jorge la conoce cuando aún no se le nota la barriga y ambos comienzan una relación que oscila entre una confianza desmedida y el tormento de los celos. Al mismo tiempo, en Quito comienzan a desaparecer niños que luego aparecen muertos y sin ojos. Resulta que Jorge tiene acceso casi de primera mano a los detalles de la investigación policial y teme que ésta afecte su nueva vida en “ese futuro ambiguo que es el amor”.

Vásconez fluye con maestría entre escenas de distintos tiempos y lugares. Lo mismo puede decirse de las descripciones y las pequeñas cápsulas reflexivas sobre la ciudad, la migración y la memoria. Los hoteles, por supuesto, tienen un espacio protagónico tanto en las acciones como en los pensamientos de los personajes. Pero más que esto no hay. La parte de los crímenes es imprecisa y poco verosímil, así como su enlace con la historia de Jorge y Loreta parece muy forzada. Los diálogos son otro punto débil, tanto así que a veces parecen no seguir una lógica. En su mayoría, son conversaciones afectadas y excesivas.

Jorge se esfuerza constantemente por alejarse de la investigación policial. Prefiere el resguardo de las palabras de Loreta, quien le cuenta todo el tiempo historias de su vida en España. En este sentido, ésta es una novela sobre el acto de contar historias como forma de protección. Y, como hizo Bernardo Bertolucci en Los soñadores —esa película sobre el mayo del 68 que sucede casi toda en un departamento de París—, Vásconez refuerza la idea de que a partir del microcosmos de una relación entre dos personas se puede definir y combatir a ese “abismo de agua” que es la ciudad.


martes, octubre 18

Montserrat Martorell pudo ser dealer de casino



La escritora chilena Montserrat Martorell estuvo de gira por Ecuador presentando su novela La última ceniza (Oxímoron, 2016) y de paso respondió a nuestras Matapreguntas, no sin antes contarnos una historia: "Estuve casi tres meses viajando por Asia con una mochila de ocho kilos. Recorrí once países. En la mitad del trayecto llegué a Vientián, capital de Laos. No sé cómo (o quizás sí) terminé comiendo en casa de una familia que preparó un banquete en mi honor. Terminada la velada, el hombre, el único hombre que había en la casa, me pidió que fuera a una habitación. Cerró la puerta. Allí empezó con los trucos de magia. Era realmente bueno. Soy un artista, me decía. Como tú. La diferencia es que tú eres blanca y yo soy negro. Era dealer de casinos de juegos. Quería que yo fuera su cómplice para azotar el mercado europeo. Por supuesto que no, por supuesto que no, le dije. Yo solo soy escritora".

Martorell presentó su novela en la Universidad de las Artes el pasado 9 de septiembre y dialogó con Alfredo Palacio, Director de la Escuela de Literatura. En Quito, presentó su obra en la Casa de la Cultura Benjamín Carrión, en el área de la mujer, y este miércoles 19 de octubre a las 19h00 la presentará en la Librería Rayuela.


¿A qué escritor resucitarías? ¿Y para qué?

No lo pienso dos veces. Julio Cortázar es el nombre, Julio Cortázar es el hombre. Mi fascinación por él y por su escritura empezó cuando tenía doce años. Desde ahí siempre he tenido la fantasía de coincidir en alguna vida. Hace muy poco tiempo, algo así como unos meses, fui a verlo al cementerio de Montparnasse y le confesé algunos secretos que él devolvió con nuevas respuestas.

¿Ser o no ser?

Siempre ser. Por eso escribo. La escritura es eso: existencia, vida, presente, pasado y futuro, siempre junto y revuelto, siempre inabarcable.

¿Cómo te gustaría ser leída?

Desde el corazón. Para mí la literatura tiene que nacer de la cabeza, pero sobre todo del corazón y en ese tránsito que se da de lo racional a lo emocional empiezan a nacer ideas, nociones y sensibilidades que son siempre muy personales e íntimas. Yo entiendo al lector como a un descubridor, como un hombre, como una mujer imaginaria que siempre saben más que uno sobre estas cosas.

¿Qué cantas en la ducha?

Joaquín Sabina, siempre... porque ya sabes que "lo nuestro duró lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks".

¿Qué título le pondrías a tu autobiografía?

Viva la vida. Siempre me gustó ese cuadro de Frida Kahlo. Y a mí siempre me gustó vivir.

Los perros ladran, Sancho…

Siempre. Y mucho y a veces muy mal también. Yo creo que a la vida hay que meterle ruido, que hay que hacer las cosas con pasión, que hay que crear y crear y leer y leer y viajar y viajar y amar y amar y saltar y romperse y renacer y al final de todo, si los perros ladran, es porque estamos cabalgando...

¿Qué harías si encontraras el Aleph de Borges?

Miraría para todas partes. Sobre todo para atrás. Soy una nostálgica del pasado, de lo que hubo, de todo aquello que no podemos recuperar, de las cosas que hemos amado, de los amigos que hemos querido, de los viajes y de las noches que no tienen final y de la historia que solo nosotros conocemos.

¿Qué cuentan las ovejas para poder dormir?

Probablemente a nosotros saltando detrás de nuestros propios reveces...

Tu cita favorita:

"El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio".
—Las ciudades invisibles, Italo Calvino.

Estás a punto de morir, escribe tu último tuit:

¿A dónde se fueron los pájaros azules?

martes, octubre 11

Fabio Morábito: "La poesía es un apartamiento frente al uso prosaico e irresponsable del lenguaje"

POR ALEYDA QUEVEDO ROJAS

Fabio Morábito (Alejandría, 1955) es un hombre de profunda mirada y en sus obra está, cantada/narrada, su biografía. El mar, la madre, el viaje, el amor a Ethel, Milán, México. Un continuo peregrinaje, el no tener casa, volar, echar raíces. Los idiomas que laten y no se hablan con tanta frecuencia: el italiano, que late y duele como si se tratara de una extremidad que podría perderse en cualquier momento; la apropiación del castellano, que también late y duele pero desde la exploración y la libertad.

Había leído de Morábito varias decenas de poemas y un libro de relatos, Caja de herramientas. No lo conocía personalmente, nunca había visto su estampa mediterránea y bastante atlética hasta nuestro cálido y fluido conversatorio (con recital incluido) en la última feria del libro de Guayaquil ante un auditorio lleno que lo escuchó atento y emocionado. De ese encuentro nace esta entrevista especial para los lectores de Matavilela.

Abro esta entrevista con un poema de La ola que regresa (volumen que contiene su poesía reunida) que revela la música de su poesía, la que he devorado con absoluta concentración y devoción, como si de entrar a nadar en el mar a media noche se tratara. Cierro con otro poema que nos muestra al poeta de aguda y profunda mirada, al poeta que sabe, a fuerza de oficio, disciplina y entrega, dominar los pulsos y engranajes más complejos de la literatura. Morábito es un escritor que nos lleva de la mano por el sonido de la poesía y el arte de la contemplación. Su palabra es como una ola que regresa al alma con tanto brillo que es imposible extraviarse.

EN EL PASILLO,
mientras leo,
se abre una puerta y se cierra,
se abre y se cierra,
y yo espero que se acabe su agonía.
Dicen que cuando el aire
abre y cierra una puerta,
alguien muy cerca está en peligro.
Hay que prestar oído,
cerrar el libro que leíamos
y unirnos a ese rezo;
no levantarnos a cerrar la puerta,
sino quedarnos quietos y oír, oír
hasta sacarle alguna música al crujido. 

***

¿Cuál es el andamiaje y la estructura que traza en sus relatos, qué cosas son importantes comunicar? ¿Y qué maestros del relato admira y lee con fervor?
No trazo ninguna estructura, me guío por el instinto, dejo que la historia me muestre sus caminos y trato de elegir lo menos posible, aunque es forzoso hacerlo, y ahí está lo delicado, tomar las decisiones correctas. No tengo a ningún maestro como referente central. Hay tantos y tan buenos cuentistas...

¿Cree que la poesía tiene un poder sobre la sociedad? Siempre ha sido una forma esencial de expresión en la historia de pueblos y civilizaciones enteras: India, Grecia, Persia, África. La poesía ha estado incluso antes que la escritura. ¿Qué lugar le concede en este momento de globalización e hiperindividualismo? ¿Cree que la poesía tiene un poder moral en las sociedades actuales?
La poesía es, antes que nada, un apartamiento frente al uso prosaico y hasta cierto punto irresponsable del lenguaje. En ella el lenguaje alcanza su mayor potencia expresiva, no por lo que dice, sino por el poder igualitario que se da entre las palabras. En un poema todas las palabras, hasta las partículas más triviales, son importantes y necesarias. ¿Por qué? Porque no sólo dicen, sino también suenan. El sonido subvierte la primacía del puro significado y mezcla de nuevo las barajas. El oído es el gran igualador que rescata cualquier significado aparentemente intrascendente. Ese es el poder de la poesía, y no me consta que haya cambiado a lo largo del tiempo, siendo, como es, un poder mínimo, pero crucial. 

¿En qué idioma piensa, en español o en italiano? Sé que escribe en español, pero ¿cuál es su relación con el italiano, qué sucede con su idioma materno?
Pienso en español, pero el italiano me ronda con ciertas expresiones, ciertas imágenes, ciertos sonidos. Es un intruso tenaz, que no se deja expulsar fácilmente de mi cabeza.

¿Qué nos entrega la poesía, que quizá ninguna otra forma de arte o expresión artística nos da?
El asombro de que de la herramienta más pobre, que son las palabras, pueda surgir una emoción profunda. Increíble.

¿Qué escritores ecuatorianos conoce y ha leído?
No he leído a ninguno, me apena decirlo.

El ensayo y la traducción son dos disciplinas que también practica. ¿Qué reflexión le merece cada uno de esos oficios que completan su perfil de escritor? ¿Qué se pierde y qué se gana en el proceso de la traducción?
La traducción de poesía está condenada al fracaso la inmensa mayoría de las veces, pero existe la posibilidad de alejarse lo bastante del texto original como para crear un recinto autónomo que, sin aspirar a reproducir perfectamente el poema, lo evoque, lo adultere, lo manosee de alguna forma, hasta restituirnos algo de la emoción del original. El que no se atreve a traicionar no podrá traducir con provecho.

***

IN LIMINE
Por el perdón del mar
nacen todas las playas
sin razón y sin orden,
una cada mil años
una cada cien mares.

Yo nací en una playa
de África, mis padres
me llevaron al norte,
a una ciudad febril,
hoy vivo en las montañas,

me acostumbré a la altura
y no escribo en mi lengua,
en ciertos días del año
me dan mareos y vértigos,
me vuelve la llanura,

parto hacia el mar que puedo,
llevo libros que no
leo, que nunca abrí,
los pájaros escriben
historias más sutiles.

Mi mar es este mar,
inerme, muy temprano,
cede a la tierra armas,
juguetes, sus manojos
de algas, sus veleidades,

emigra como un circo,
deja todo en barbecho:
la basura marina
que las mujeres aman
como una antigua hermana.

Por él que da la espalda
a todo, estoy de frente
a todo con mis ojos,
por él que pierde filo,
gano origen, terreno,

jadeo mi abecedario
variado y solitario
y encuentro al fin mi lengua
desértica de nómada,
mi suelo verdadero.

viernes, octubre 7

El encuentro con un mosaico frívolo



POR GILDA HOLST

Placida e l’onda, prospero é il vento

Días Frívolos (Cadáver Exquisito, 2016), de Maritza Cino, son veintitrés microcuentos con increíbles imágenes poéticas y densidad metafórica, de las que me voy aprovechar y apropiar, como esa de "la página lívida". ¿Se imaginan?, una página lívida, pálida, en blanco, con la que me encontré al tratar de elaborar este texto y entonces miré las teclas, como en el cuento 'Necesitaba otra historia', y me di cuenta que ya llevaba 6 líneas de palabras algo conexas y me alivié, porque había llegado a mi mañana frívola.

Maritza trabaja estupendamente bien la autoreferencialidad o la metaliteratura, la intertextualidad, la reflexión sobre las tareas o trabajo creativo del escritor y el lector, sobre la escritura, sobre sus estragos y beneficios, eso de estar en una estación, detenida, casi como en el panóptico maravilloso del leer que se propone, como en el cuento "Siete lenguas" donde es posible "tropezar con el silencio, bordear abismos, falsificar fonemas", que la llevarían directamente a la cárcel, pero por suerte la narradora tiene un amuleto, un objeto portátil y mágico, seguramente para seguir escribiendo.

En el cuento "Al otro lado" el narrador es un lector dirigiéndose al escritor, aquel que está al otro lado mientras se lee, un lector/escritor dual, como reflejo pero sin serlo, ese que se lleva tanto al escribir como al leer, un lector que dice: "yo me acerco con mirada de arqueóloga", detrás de indicios o pistas para comprender viejas y gastadas estructuras que llevamos al interior, alegrías y tristezas o desconciertos y asombros nuevos.

"En ciertos momentos evocaba aquella frase: la palabra cura, y entre mixturas de anestesia y alcohol se repetía, las agujas también curan". Y con increíble agudeza, Maritza, en "Agujas", plantea a la escritura y lectura  en su posibilidad de tocar, herir, y al mismo tiempo sedar o mitigar dolores o transferirlos a la escritura para reconstituirse o reelaborarse constantemente.

Los pasos forman también parte de los temas de Días frívolos. Un primer paso dado y un segundo paso que nunca se dio, en la posibilidad de un encuentro, reencuentro o reconciliación. Pasos, recorridos, trayectorias, navegaciones e —indudablemente—, el paso del tiempo. La vista atrás hacia el origen, lo que nos constituye y descalabra. Recuerdos de infancia, de familia, de situaciones, que nos llevan a una casa del sur, a una abuela, y a domingos donde se comía polenta y se tomaba vino, una abuela que —mágicamente—, se le hinchó el dedo anular y hubo  que cortar el anillo matrimonial y comienza una dispersión de familia hacia la construcción de otros domingos.

Hay varios personajes coleccionistas en estos microcuentos. Muñecas de porcelana, reliquias, juguetes bélicos, que en el juego metafórico de los cuentos podrían plantear —desde mi lectura—, colecciones de agresiones o agravios en nuestras vidas que "construyen muros de obstáculos" que nos encierran, o absurdos y fragilidades que nos detienen, o encontrarnos con personajes en la paradoja de ser felices siendo infelices.

En el cuento "Garfios" se relata cómo la personaje comenzó a guardar garfios de estibadores, aunque no le gustaran, cuando iba a despedir o recibir a sus abuelos viajeros en el puerto y es en esa orilla de zarpes y arribos que comienza a coleccionarlos. Garfios que son hierros viejos curvados y con punta que sirven para levantar pesos y cargas. Es en este cuento que se habla de los dardos-palabras con los que se juega y se trabaja. Una profunda reflexión sobre cargas y pesos inevitables y hasta traumáticos que llevamos y el garfio-palabra levanta y cubre la falta o mutilación.

En la obra también se presenta la posibilidad —y ese es uno de los planteamientos más fuertes de Días frívolos— de coleccionar momentos tiernos, alegres, reconfortantes y maravillosos, disfrutar de una almohada deliciosa, de un "Mar sepia", leyendo La invención del amor, de Ovejero, y de otros mares mediterráneos o pacíficos, o de un río que, tal vez, está "inmóvil y obscuro" pero que nos permite no aburrirnos y, otras veces, ese mismo río, que es el río Guayas, nos da brisa, una brisita maravillosa guayaquileña.

"Son los relatos elusivos, un mosaico interesante y perverso de una escritora que conoce el oficio de contar historias", dice María Paulina Briones. Coincido totalmente con ella, el mosaico de micro-cuentos leídos, como en la lectura fragmentaria o de un libro de poemas, produce intensidad y el olvido. La intensidad en el sentido del disfrute o placer de cada cuento y situación narrada, la proliferación de sentidos que interconectan los cuentos, por la provocación desde la escritura del goce del pensamiento asociativo que se produce en cada lector.

En mi caso, por ejemplo, la asocié con "Santa Lucia", una canción que solía cantar en italiano de chica y en donde se habla de la placidez del mar, de vientos propicios y de brisas placenteras. Nadie me quita la seguridad de que un personaje de estos cuentos cuando viaja a Calabria, pasa por Nápoles y canta o la escucha cantar.

Para terminar este recorrido me detendré en el cuento "Voyeur", donde esas contraposiciones paradójicas y poéticas, diferentes en cada relato, de inmovilidad/encierro. salir adelante y afuera y encontrar soluciones, de navegación/anclaje, deriva o locura, de todo este extraordinario libro:

Mi madre tenía la manía de poner velas a los santos. Yo la miraba en su movimiento escénico y acompañaba su extrañamiento. Me sentía voyeur de su santuario, de sus arcángeles mayores y menores, de su vida entregada al oficio de lidiar con estatuas y extraviarse en los ritos de la fe.
Un día me entregó un Lázaro; yo me miré en él y agradecí su deferencia a mi complicidad de poeta. Lo sostuve turbada. Y ella me dijo: Levántate y ándate.