jueves, mayo 12

Mi jockey


Me gusta trabajar en Urgencias, por lo menos ahí se conocen hombres. Hombres de verdad, héroes. Bomberos y jockeys. Siempre vienen a las salas de urgencias. Las radiografías de los jinetes son alucinantes. Se rompen huesos constantemente, pero se vendan y corren la siguiente carrera. Sus esqueletos parecen árboles, parecen brontosaurios reconstruidos. Radiografías de San Sebastián.

Suelo atenderlos yo, porque hablo español y la mayoría son mexicanos. Mi primer jockey fue Muñoz. Dios. Me paso el día desvistiendo a la gente y no es para tanto, apenas tardo unos segundos. Muñoz estaba allí tumbado, inconsciente, un dios azteca en miniatura, pero con aquella ropa tan complicada fue como ejecutar un elaborado ritual. Exasperante, porque no se acababa nunca, como cuando Mishima tarda tres páginas en quitarle el kimono a la dama. La camisa de raso morada tenía muchos botones a lo largo del hombro y en los puños que rodeaban sus finas muñecas; los pantalones estaban sujetos con intrincados lazos, nudos precolombinos. Sus botas olían a estiércol y sudor, pero eran tan blandas y delicadas como las de Cenicienta. Entretanto él dormía, un príncipe encantado.

Empezó a llamar a su madre incluso antes de despertarse. No solo me agarró de la mano, como algunos pacientes hacen, sino que se colgó de mi cuello, sollozando "¡Mamacita, mamacita!". La única forma de que consintiera que el doctor Johnson lo examinara fue acunándolo en mis brazos como a un bebé. Era pequeño como un niño, pero fuerte, musculoso. Un hombre en mi regazo. ¿Un hombre de ensueño? ¿Un bebé de ensueño?

El doctor Johnson me pasaba una toalla húmeda por la frente mientras yo traducía. La clavícula estaba fracturada, había al menos tres costillas rotas, probablemente una conmoción cerebral. No, dijo Muñoz. Debía correr en las carreras del día siguiente. Llévelo a Rayos X, dijo el doctor Johnson. Puesto que no quiso tumbarse en la camilla, lo llevé en brazos por el pasillo, estilo King Kong. Muñoz sollozaba, aterrorizado; sus lágrimas me mojaron el pecho.

Esperamos en la sala oscura al técnico de Rayos X. Lo tranquilicé igual que habría hecho con un caballo. "Cálmate, lindo, cálmate. Despacio... despacio." Se aquietó en mis brazos, resoplaba y roncaba suavemente. Acaricié su espalda tersa. Se estremeció, lustrosa como el lomo de un potro soberbio. Fue maravilloso. 


***


Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino. Este cuento está incluido en Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara, 2016).

Lucia Berlin nació en 1936. Publicó sus primeros relatos a los veinticuatro años en The Atlantic Monthly y en la revista de Saul Bellow y Keith Botsford, The Noble Savage. Escribió de manera esporádica hasta los años ochenta y, tras la insistencia del poeta Ed Dorn, decidió publicar su primer volumen de relatos, Angels Laundromat. Sus historias se inspiran en sus propios recuerdos: su infancia en distintas poblaciones mineras de Idaho, Kentucky y Montana, su adolescencia glamurosa en Santiago de Chile, sus estancias en El Paso, Nueva York, México o California, sus tres matrimonios fallidos, su alcoholismo, o los distintos puestos de trabajo que desempeñó para poder mantener a sus cuatro hijos: enfermera, telefonista, limpiadora, profesora de escritura en distintas universidades y en una cárcel. Berlin publicó seis libros de cuentos pero casi toda su obra se puede encontrar en los volúmenes Homesick: New and Selected Stories (1990), So Long: Stories 1987-1992 (1993) y Where I Live Now: Stories 1993-1998 (1999). Su relato de cinco párrafos "Mi jockey" ganó el Jack London Short Prize de 1985. En 1991 fue galardonada con el American Book Award por Homesick. Falleció en 2004 el día de su cumpleaños.

lunes, mayo 2

Caetofobia


San Savino es un pueblo de 89 km2. Es tres veces más pequeño que Quito y catorce más que Roma. Está en Toscana, en medio de campos de olivos, girasoles e hileras de viñedos. Emilia recoge los racimos junto a cuatro hombres  —barbas tupidas, camisetas de algodón y pieles bronceadas—. Cuando se sienta junto a ellos en la mesa —la recompensa por la  jornada de vendimia es mucha pizza y mucho vino— nota que las camisetas están sudadas y se transparentan. El más joven decide sacarse la suya. Déjà vu. Cuando Emilia estudiaba en Roma, conoció a Ascanio. Lo primero que le sorprendió fue la casi cursi simpatía con la que se ofreció a llevarla —a ella, una extraña que acababa de rentar una habitación en la casa de su madre— a comprar un computador. Era su primera semana en la ciudad y aún no dominaba el arte de viajar en “la metro” romana, así que la oferta fue indeclinable. Al menos, ese argumento usó para decirle/decirse que aceptaba su propuesta. La verdad es que lo primero que le sorprendió de Ascanio no fue su simpatía. Si Miguel Ángel hubiera nacido en este segundo milenio, no hubiera esculpido un David, sino un Ascanio. Una vez en Euronics, ya no le importó una mierda el computador. Escogió el primero que el dependiente les recomendó. “Este es el puerto FireWire”. Emilia miraba las mechas rubias y onduladas que rozaban la mandíbula de Ascanio. “Así descarga directamente lo que filme”. Sus ojos celestes se detenían en sus labios. La piel, con un bronceado por el que Donatella Versace mataría, relucía, sin vellos que la opacaran, debajo de la camiseta Dolce e Gabbana. “El lector de tarjetas reconoce...” Ascanio se pasó la mano por el cabello. Sonrió. Y le hizo ese escaneo que, ya Emilia lo aprendería, todo italiano dominaba: desvestir mental, lenta y minuciosamente a una mujer y hacerle pensar que esa lamida visual es el acto más dulce e inocente, y que es la mujer la que ve una connotación sexual inexistente en el gesto. Naturalmente, Ascanio y Emilia empezaron a salir, pero pocos meses después se alejaron. ¿Cómo pudo suceder? ¿Cómo Emilia perdió la atracción sexual por una bestia como esa, que podía tirarla hasta hacerla sentir como Mesalina, que le hacía surfear un sofisticado catálogo de posiciones sexuales sin que se sintieran como acrobacias, sino como si él fuera un maestro de origami y ella el maldito papel? Sobre el asunto que eventualmente provocó su ruptura, Emilia dice que al inicio no le molestaba. Dice, de hecho, que le encantaba y que no le resultaba una novedad chocante. Una de las primeras cosas que vio en la TV italiana fue un espacio de dating. Para las mujeres, la pregunta de rigor era si les gustaban los hombres depilados. La mayoría respondía “sí”. Emilia está de acuerdo, la sensación táctil es extraordinaria, dice. La lengua, al recorrer pecho, espalda, nalgas y vecindarios aledaños, no atrapa ningún vello que luego se clave en la boca como alambre, provocando —mientras uno se lo saca— un cortocircuito en el encuentro. Y los fluidos realmente fluyen sobre él, Emilia resalta. Queda claro. Ella no tenía problemas con su depilación completa. Ni con su piel, mejor hidratada que la suya. Ni con su bronceado perfecto, producto de una cita semanal en el centro estético. Después de todo, cuando el otoño empieza, la gran mayoría de italianos mata para mantenerse abbronzati. Empezó a joderle la cosa cuando en su cita semanal en Hair Trends, local solo para hombres, donde le daban a su barba ese aspecto descuidado que les tomaba más de 40 minutos lograr, lo convencieron de depilarse también las cejas. Y no le jodió por considerarlo una práctica femenina o amanerada, sino porque el resultado fue un puñetazo a la estética. Además, el gimnasio y especialmente el centro estético, se habían convertido en su gentlemen's club. Y Emilia siempre ha odiado esos sitios —y a quienes los frecuentan—, donde los hombres se reúnen para comparar quién tiene el halo de testosterona más grande. De repente empezó a extrañar a los malditos pelos, chuecos y punzantes, propios de cualquier hombre que no fuera naturalmente lampiño. Y ahí entró en escena Felice. Emilia fue al bar donde él trabajaba con un tipo del que no recuerda el nombre. Felice era una versión desmetrosexualizada de Ascanio. Por el corte en “v” de su camiseta, Emilia pudo ver un mechoncito de vellos. Fue demasiada tentación. “¿Qué quieren pedir?” El tipo pidió algo. Ella, vodka con Red Bull. Felice era un bartender áspero; grosero, diría quien no conociera a los romanos. Echó muy poco de la lata de Red Bull que Felice —toscamente y clavándole los ojos— dejó en frente suyo junto al vaso de vodka. Se apresuró a beberlo ante la mirada perpleja del tipo. Enseguida se levantó hacia la parte de la barra donde estaba Felice y puso su vaso vacío en frente de él. Con tono molesto le dijo que le había sobrado Red Bull y exigió más vodka. Felice la miró aún más perplejo que el tipo, pero luego tomó una botella de Sky y llenó su vaso. Emilia volvió a su asiento sin agradecerle. Al tipo no se le ocurrió mucho más que decir durante los próximos minutos, así que ella se levantó al baño y llevó su bolso. Apoyada en el lavamanos escribió una nota para Felice en una hoja de la guía Lonely Planet Roma que siempre llevaba con ella. Aún no sabía su nombre, así que simplemente le agradeció por el vodka extra, puso su número y firmó. Arrancó la hoja y la metió en su bolsillo. Cuando volvió junto al tipo, le dijo que pediría la cuenta. Fue hasta donde Felice. Él le entregó la cuenta; ella le dio la nota y le pidió que no la abriera aún. Durante algunos meses, Emilia fue al bar las madrugadas en las que Felice trabajaba (le había mandado un mensaje a su celular cuando el tipo y ella aún no llegaban al estacionamiento del local). Cuando este cerraba, iban a su apartamento. Tenían sexo, ordenaban algo de comer, dormían, tenían sexo otra vez, hasta que Emilia se quedaba dormida sobre el pecho sin depilar de Felice, ensortijando su vello púbico, que era corto, porque él —como tantos hombres latinoamericanos— no se depilaba, pero sí lo rebajaba. Y eso hacía que Emilia se sintiera un poco en casa.


***


Este cuento forma parte del ebook Borrador final, publicado por Suburbano Ediciones.

Marcela Ribadeneira (Ecuador, 1982) nació en Quito. Es escritora, crítica de cine y artista visual. Estudió dirección cinematográfica en Scuola Internazionale di Cinema e Televisione (NUCT), en Roma. Ha colaborado con el periódico británico The Guardian, diario El Comercio, Cartónpiedra y para revistas como Mundo Diners y SoHo Ecuador. Actualmente dirige la agencia de servicios editoriales La línea negra. Sus textos han sido incluidos en antologías como Microquito I, Ciudad Mínima II, GPS y La invención de la realidad. Es también autora del libro de relatos Matrioskas (2014).

martes, marzo 15

El escritor fantasma: redescubriendo a Marcelo Chiriboga

Cortesía de la Fundación Marcelo Chiriboga

A mediados de los 90, un equipo de reporteros mexicanos viajó a Ecuador para continuar una serie de entrevistas a los grandes escritores del boom latinoamericano. Comandados por Julio César Langara, los mexicanos arribaron en busca del escurridizo Marcelo Chiriboga, quizás el mejor de todos los autores de ese ambiguo grupo. Pero nada más llegar al país se dieron cuenta de que su tarea sería más complicada de lo que habían imaginado. De Chiriboga nadie sabía nada, mucho menos de sus libros.

Como buen periodista, Langara decidió salir del aprieto visitando el lugar donde se desarrolla la obra maestra de Chiriboga, la novela La línea imaginaria, y armar un programa con las sobras que encontrara en el camino. Fueron a explorar el antiguo territorio amazónico de Ecuador y, cuando parecía que la solución a sus problemas aparecía, se encontraron en medio de fuego cruzado. Literalmente: la guerra del Cenepa había comenzado. Así, Langara y su equipo, como soldados inexpertos y extraviados en tierra de nadie, revivieron sin quererlo la trama del famoso libro.

Esto lo cuenta Langara en el nuevo documental del cineasta ecuatoriano Javier Izquierdo, Un secreto en la caja. Con entrevistas a quienes lo conocieron, entre ellos su hija Sofía, esta película cuenta la azarosa vida del invisible autor. O, más bien, habría que decir fantasma, porque Marcelo Chiriboga fue indudablemente silenciado y dado por muerto por la mezquina intelligentsia de su propio país.

Nacido en 1933 en las faldas del Chimborazo, Chiriboga fue hijo de Bartolomeo, un militar retirado, y de Beatriz, quien provenía de una familia de antiguos terratenientes. Tuvo dos hermanos, Eloísa y Antonio, quien murió en la guerra del 41 —un tema, el bélico, que ocuparía un lugar central en la obra del futuro escritor. Ya de adulto, Marcelo trabajó como periodista para el diario quiteño El Comercio hasta 1962, cuando se unió brevemente a los guerrilleros del grupo Toachi. Su incursión en la lucha de clases provocó la escritura de Diario de un infiltrado y su exilio europeo. Pero Chiriboga no escogió París, como otros intelectuales de su generación, sino Berlín oriental, es decir, la parte comunista.

Durante su estancia en Alemania, Chiriboga escribió La línea imaginaria, que fue publicada por la editorial Terra, dirigida por el capo literario Alberto Castellet. Casi por la misma época, su libro de cuentos Jardín de piedra ganó el prestigioso premio de la Casa de las Américas. La creciente fama mundial de Chiriboga, sin embargo, era inversamente proporcional en Ecuador, donde el presidente Velasco Ibarra prohibió la edición de sus obras y personalidades de la cultura oficialista, como Benjamín Carrión, Guayasamín y Jorge Enrique Adoum, calificaron a su obra como traición a la patria y lo acusaron de ser un invento de otros escritores. Por si fuera poco, se le prohibió el ingreso al país.

Mientras tanto, Chiriboga se casó con la actriz alemana Remi Lowenstahl, con quien tuvo una sola hija, Sofía, quien hoy es una artista visual residente en Nueva York. A su boda asistieron, entre otros, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, quienes en un confuso episodio terminaron a los golpes. Hannes Krug, amigo de Chiriboga, confiesa en el documental que el motivo de la pelea fue la captura del escritor cubano Heberto Padilla por orden del dictador Fidel Castro.

Años después, Chiriboga se mudó finalmente a París, donde sucumbió ante el alcohol y escribió La caja sin secreto, quienes algunos califican como una dura crítica a los años del boom. Durante la corta presidencia de Jaime Roldós, se le permitió la entrada al país a Chiriboga, pero, en lugar de ser triunfal, su regreso coincidió con el agravamiento de una enfermedad que lo aquejaba desde París y la guerra de Paquisha, y culminó con la reclusión voluntaria en la casa de su hermana. Allí, Chiriboga continuó escribiendo maniáticamente hasta su muerte en 1990 a los 57 años, pero sin publicar una sola página.

Entrevistado por Joaquín Soler Serrano para su programa "A fondo" (en el que, dicho sea de paso, aparecieron Rulfo, Borges, Cortázar, Dalí, Polanski, etc.), Chiriboga dejó un breve consejo para los jóvenes: que escriban como si no tuvieran un país. Esa fue la receta para la gloria de un escritor fantasma, perfecto representante de un país imaginario de nacimiento. Que el documental de Javier Izquierdo sirva de ahora en más como punto de partida para recuperar la vida y obra de quien mejor supo interpretar ese malentendido llamado Ecuador.

martes, marzo 8

El niño monstruo

POR CAROLINA ANDRADE

En el programa de The Hollywood Reporter que reunió, nada más ni nada menos, a Jennifer Lawrence, Helen Mirren, Charlotte Rampling, Kate Winslet, Carey Mulligan, Brie Larson, Cate Blanchett y Jane Fonda, le preguntaron a Larson cuántas veces había visto la película que ella protagoniza, Room (dirigida por Lenny Abrahamson), y dijo que cuatro pero que quería verla más veces. Jane Fonda le preguntó por qué y la joven actriz contestó: "because it means so much more than my little brain could comprehend when I was making it". Ciertamente, la película permite muchas interpretaciones y aquí estoy yo, con my little brain, intentando articular una de ellas.

Room es la historia de una joven mujer que ha permanecido secuestrada por siete años y ha sido violada continuamente. Fruto de estos abusos sexuales es un hijo que, para el momento de la narración, cumple los cinco años de edad. Su captor es el vecino corriente de un barrio residencial que ha adecuado una habitación en la parte trasera de su casa donde sus secuestrados permanecen encerrados. ¿Les trae algún recuerdo la historia? Es lo más probable, en años recientes se dieron a conocer múltiples casos similares, tal vez los más mediáticos fueron el de Ariel Castro, en Ohio, Estados Unidos, que tuvo secuestradas a tres mujeres durante diez años (una de ellas tuvo un hijo) y el del "Monstruo de Amstetten", el austriaco que tuvo secuestrada a su propia hija durante 24 años y tuvo siete hijos-nietos con ella. Pero Room no sigue la organización narrativa del periodismo sensacionalista. Poco o nada sabemos del secuestrador, no se abunda en la representación de las violaciones, al filme no le interesa informar sobre los motivos ni el modus operandi del crimen, ni está en la obligación de proteger la identidad de las víctimas. Room se focaliza en Ma (Brie Larson), la mujer secuestrada, y Jack (Jacob Tremblay) el hijo concebido en cautiverio. A ratos, la narración descansa totalmente en Jack: su voz en off nos introduce en el relato y las numerosas cámaras subjetivas que se dan en el film representan siempre su mirada. La película logra que la perspectiva sea verosímil; sin embargo, para los espectadores, adoptar ese punto de vista resulta exigente, perturbador y desafiante.

Esta película se vendió como una historia donde "love has no boundaries" ("el amor no tiene límites)", y con ello cubrió al gran número de consumidores que no quieren que les muevan el piso: el amor de madre lo puede todo y ya, todos contentos, momento Kodak, tarjetita Hallmark. No es que no haya amor, pero...

Jack no tiene contacto con el mundo. Jack no tiene padre. Es encerrado en un closet para que no tenga contacto con él. Jack es hijo de una violación y su madre dice que "es solo de ella". El niño duerme con su madre y toma leche de su pecho. Jack es confundido con una niña. Jack es un ser que no ha sido pensado por la ley, ¿cuál es su situación legal? Jack es un problema para la medicina: el médico dice que menos mal que está en una edad de enorme plasticidad (puede ser "corregido"), a lo que Jack reacciona diciendo que él no es de plástico. Jack no tiene lugar en la norma moral: es repulsivo para su abuelo, quien ni siquiera puede verlo. Diría Foucault de Jack-monstruo: "combina lo imposible y lo prohibido". Así que estamos ante una película que es narrada por un monstruo o, por lo menos, otra vez Foucault, por un anormal (pálido monstruo contemporáneo). La novedad de la película es que logra que sintamos compasión, empatía y admiración por él.

¿Quién hace de Dr. Frankenstein? La respuesta es Ma. Ya no se trata del soberbio científico decimonónico que arma una criatura para sentirse Dios, sino de una frágil (¿?) y joven mujer que en total estado de abyección concibe un hijo y con enormes sacrificios propicia que esa vida se desarrolle para que, llegado el momento, sea ese ser quien la salve. Crear al monstruo no es un acto de soberbia premeditado, recordemos cómo se sorprende Ma cuando la reportera le pregunta, tal vez en el momento más despiadado de toda la película, por qué no tuvo el gesto generoso de desprenderse de su hijo recién nacido. Tampoco es gratuito señalar que el personaje no es la madre de extrema abnegación que vive en nuestro imaginario: la joven pone a Jack en riesgo enorme en su ingenuo plan de huida. Jack la salva durante el cautiverio, dándole una razón por la cual levantarse cada día; la salva cuando escapa; la salva cuando ella intenta suicidarse; la salva cuando le pide regresar a la habitación y le pide que se despida, de una vez por todas, de ese lugar: no hay habitación si las puertas ya están abiertas.

¿Y qué hacen estos seres cuando obtienen la libertad? Mucho más complicada es la adaptación de Ma, que no se reencuentra, imposible hacerlo, con el mundo que perdió por su secuestro y que debe soltar a Jack. Para el niño, estar fuera de la habitación no hace sino repotenciar sus oportunidades en múltiples escenarios para su vida futura.

Dice Foucault que el monstruo es "el principio de inteligibilidad de todas las formas de anomalía". Me parece que esta película y su monstruo dan cuenta de que en el discurso dominante, en nuestro sistema de ideas, todavía se escatiman espacios a una serie de conductas y versiones de seres humanos pero, ciertamente, habla de una evolución, de la enorme distancia que separa a Mary Shelley (autora de Frankenstein) y Emma Donaghue (autora de la novela original y guionista de Room): ambas literaturizan distintos momentos históricos y distintos miedos. Nuestros monstruos contemporáneos no tienen, necesariamente, que matar ni morir, y bien podrían, con un poco de femenina compasión en sus vidas, y llegado el momento, salvarnos.

miércoles, octubre 21

Flor Canosa: "Me gustaría ser leída con una sonrisa"


Invitamos a la escritora argentina Flor Canosa a responder nuestras Matapreguntas. Canosa ganó, recientemente, el Premio Equis Novela 2015 con su primer libro, Lolas. Una plástica historia de amor.

¿Cómo se enteró del premio? Aquí nos lo cuenta: "Siempre tuve la fantasía de que mi carrera como escritora dependía de un correo spam. Reviso compulsivamente esa carpeta de mi email. Y así fue, la noticia de haber recibido el premio llegó directo a mi carpeta de spam. Vivo teniendo ideas absurdas como esa, que después vuelco en mis escritos y tengo una fe ciega en esas tonterías del pensamiento mágico. Et voilà. Hoy por hoy puedo decir que mi carrera en las letras se debe a revisar constantemente lo que otros consideran basura".


¿A qué escritor resucitarías? ¿Para qué?

A José Saramago. Para decirle que fue mi inspiración. Que su carrera, que tomó vuelo a los sesenta y pico de años, me ayudó a creer que algún día podía tocarme a mí. Seguramente no le hubiese importado mucho, pero creo que es de la única persona que alguna vez me sentí “groupie”.

¿Cómo te gustaría ser leída?

De izquierda a derecha, de pie en cualquier medio de transporte, bajo una sombrilla en una playa, de principio a fin y siempre, siempre, con una sonrisa.

¿Cuál ha sido tu peor trabajo?

Repartir diarios a las 6 de la madrugada, en invierno, en la puerta de una universidad privada. La peor parte del trabajo es ver lo bonitas que estaban las chicas a esa hora de la madrugada, mientras yo tiritaba de frío con una gorra blanca enorme en mi cabeza.

Si permanecieras encerrada un año en una casa, ¿qué guardarías como provisiones?

A mi marido y mi hijo. No porque fuera a comerme a alguno de los dos, pero mi marido se encarga de que estemos siempre bien abastecidos, como para un holocausto zombi. Y a mi hijo no lo podría tener lejos un año. Así que creo que también tendría una buena provisión de juegos para la PlayStation. E internet, claro.

Cuando las mariposas se enamoran, ¿sienten humanos en la barriga?

Seguramente. Por eso viven sólo un día, por la indigestión.

"Ay, Dios mío, ¿y ahora qué?", solía ser el primer pensamiento mañanero de Bukowski. ¿Cuál es el tuyo?

Ay, Dios mío, ¿será que un editor quiere publicarme hoy? Iré a revisar mi carpeta de spam.

¿Qué cuentan las ovejas para poder dormir?

Los días que faltan para ser esquiladas.

¿Qué harías con un Gregorio Samsa en tu familia?

Tuve varios Gregorios Samsa en mi familia, pero todos terminaron muertos de un zapatazo. Lo lamento, las cucarachas despiertan mi instinto asesino.

Si llega a tu casa una musa ¿qué haces?

La invitaría a sentarse, le preguntaría cómo fue su día, le prepararía un café y le preguntaría cuáles son sus intenciones. Porque mi marido es músico y no quisiera que ninguna musa se le sentara en el regazo mientras yo no estoy.

Estás a punto de morir, escribe tu último tuit:

Escribo este tuit después de actualizar mi Facebook. He perdido mucho tiempo en las redes sociales y ahora no me alcanza la cantidad de caracteres para decirles que el sentido de la vida es… (-38)

Hannibal: El renacimiento de una saga

POR MARÍA EMILIA GARCÍA

"Qué difícil es tener algo, ¿verdad? Difícil conseguirlo, complicado conservarlo. Este es un planeta terriblemente resbaladizo".
El dragón rojo, Thomas Harris

El 29 de agosto de 2015, NBC emitió el último capítulo de la serie Hannibal. Una producción que nació del deseo de explotar una vez más la afamada franquicia en torno a uno de los villanos más reconocidos del siglo XXI, el Dr. Hannibal Lecter, un brillante psiquiatra y caníbal, y cuya adaptación más valiosa escapó de las manos del legendario productor italiano Dino De Laurentiis y terminó siendo aclamada por la crítica.

El desencuentro de De Laurentiis con la saga empezó en 1983, cuando compró los derechos de la segunda novela publicada por el escritor estadounidense Thomas Harris, llamada El dragón rojo, para adaptarla al medio cinematográfico bajo el nombre de Manhunter, porque en esos tiempos cualquier cosa que llevara la palabra "rojo" era sinónimo de comunismo. La película, dirigida por Michael Mann, y donde aparece por primera vez el personaje arriba mencionado, fracasó en taquilla.

Por eso, cuando Harris publicó su tercera novela, El silencio de los inocentes (secuela de El dragón rojo), en 1988 y hubo interés en llevarla al cine, De Laurentiis decidió ceder los derechos. De esa forma, pensó que si la película llegaba a fracasar como la anterior no perdería nada y si tenía éxito estaría en posesión de un bien revalorizado. Lo que no se imaginó fue que esa adaptación terminaría ganando cinco premios Oscar y daría vida al culto en torno a uno de los villanos favoritos del cine actual gracias a la brillante interpretación de Anthony Hopkins.

Es probable que esa pequeña falla de visión molestara a De Laurentiis por el resto de su vida y por ello buscó la forma de explotar esa franquicia posteriormente. Primero en el año 2000 con Hannibal, la secuela de la ganadora del Oscar, luego en el 2002 con una nueva adaptación de El dragón rojo y, finalmente, en el 2007 con Hannibal Rising. Las dos primeras tuvieron buenos resultados en taquilla, mas la última fue un fracaso rotundo.

Dino De Laurentiis murió en el 2010, pero su deseo de reivindicación a través del personaje de Lecter perduró en su esposa Martha De Laurentiis. Tras su muerte, ella decidió llevar la saga a un nuevo medio: la televisión. Por ello, en el 2013, cuando escuché la noticia de que iban a sacar una serie llamada Hannibal acerca de los sucesos previos a los eventos de El dragón rojo estaba escéptica.

Hannibal Lecter es uno de mis personajes favoritos, pero sentía que nada bueno podía salir de seguir explotando la saga. Hannibal Rising había sido horrible, ¿qué se podía esperar de una serie de televisión? Pero estaba equivocada, extremadamente equivocada.

Me senté casualmente a ver el primer episodio y fue mágico. La serie resultó ser una obra de arte, desde la fotografía, con sus sombras y planos a contraluz, hasta la reimaginación de los personajes y eventos de la saga a manos de Bryan Fuller (guionista estadounidense de series de TV), quien le imprimió nueva vida al personaje de Hannibal Lecter.

Hasta ese momento, el gran personaje que despertó el terror masivo de los espectadores en El silencio de los inocentes se había ido diluyendo con las continuas adaptaciones. La avidez del público por él había llevado a su creador a convertirlo de un asesino cuya motivación era inexplicable a un antihéroe cuyas víctimas resultaban ser peores criminales o personas que él, lo cual justificaba su muerte.

La serie se atrevió a hacer lo opuesto. Desde el primer episodio, se ve al personaje del Dr. Lecter, ahora interpretado por Mads Mikkelsen, matar una chica al azar solo para dar una pista al investigador principal y luego avisarle a otro asesino que el FBI ha descubierto su identidad segundos antes de llegar a su casa, solo para crear caos. Ese fue el truco.

Bryan Fuller era un seguidor de las novelas de Thomas Harris y sabía, como fanático que era, lo que quería ver. En muchas entrevistas, él describe su proceso creativo como el de un fan escribiendo fanfiction. Por eso se puede decir que una de las mejores características del programa es que los eventos de las novelas toman giros inesperados. Algunos de los personajes son de sexo o raza diferente. Frases o líneas que habían sido dichas por unos personajes pasan a ser de otros. Entonces, la serie se vuelve una especie de realidad paralela de la saga.

Lamentablemente, a pesar de llegar a ser aclamada por la crítica, nunca logró tener la audiencia necesaria para mantenerse al aire. Esto se puede entender al analizar su contenido trasgresor. Una serie cuyo personaje principal es un caníbal elegante, donde episodio tras episodio se muestra esta práctica de la forma más atractiva posible, con platos que se ven exquisitos a pesar de saber lo que contienen es algo que puede llegar a incomodar la consciencia del público. Eso sin mencionar lo explícito de ciertos actos violentos.

Hannibal no es el típico programa sobre asesinos en serie con formato de resolución de casos; es una serie cuya propuesta parece sacada del ensayo satírico del escritor inglés Thomas De Quincey: Del asesinato considerado como una de las bellas artes. En eso radica su singularidad.

Aún no se sabe con seguridad si este es el fin de la serie, o si revivirá después en otra cadena u otro formato. Esperemos que sea lo primero y que alguna cadena tenga el buen gusto de adquirirla.