martes, diciembre 5

Una familia animalizada

Caninos, de Mónica Ojeda. Editorial Turbina, 2017. 43 Páginas.
POR LISSETTE MONTILLA

El deterioro de los dientes, las encías pálidas y la pérdida de la dentadura son signos del paso de la vida (sobre todo cuando hay enfermedad y vicios) con los que Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) ha jugado en su pequeño libro Caninos. Este es un relato sobre una familia que se ve afectada por la enfermedad del padre (alcoholismo y, quizás, trastornos mentales) y buscan sobrellevar el asunto como mejor le parece a cada uno. La historia se cuenta mediante una interacción entre el presente y el pasado, lo que ayuda a profundizar un poco en la dinámica familiar.

En el cine, en la televisión y sobre todo en la literatura se ha humanizado siempre a objetos y animales. El gato Chesire, Mickey Mouse, la rosa del Principito, la esfinge de Edipo Rey, el hombre bicentenario de Asimov, son algunos ejemplos. En este libro, sin embargo, ocurre lo contrario: se muestra la animalización del ser humano. El único personaje que tiene un nombre propio es la mascota de la familia, el perro Godzilla. Al resto de los personajes se los identifica con los epítetos de Papi, Mami, Ñaña e Hija. Esta falta de nombres propios remarca su deshumanización, reflejando irónicamente una parte de la realidad actual. Nos olvidamos de nuestra humanidad y tenemos mayor consideración por un animal que por una persona. "Paseaban a Godzilla por el barrio y juntos le ladraban a otros perros con bozales, lazos o ropitas de niño de dos años", dice el narrador sobre Hija y su mascota.

Vemos a esta familia destruida por el alcoholismo de ambos padres. Las niñas prefieren que no estén sobrios, ya que según ellas "borrachos se reían, se carcajeaban y les permitían encerrarse en su habitación. Borrachos eran mejores padres". Como es lógico, esta situación afecta al desarrollo de las hermanas, haciendo que el personaje de Hija adopte el rol de madre de Ñaña, buscando protegerla de los arrebatos sentimentales de Padre, que la asusta. De los personajes que aparecen en el libro el que sirve de bálsamo de cordura al personaje de Hija es el de la Ñaña, a pesar de que no se da a conocer mucho de ella. Mientras del padre se muestra, a pesar de todo, una cierta relación con sus hijas (y de la mamá, una postura más fría), a Ñaña solo se la conoce como alguien que necesita una figura materna, haciéndola un poco débil emocionalmente.

Hay momentos en que el libro se torna difuso debido a la cantidad de flashbacks, se hace difícil definir un periodo de tiempo en el cual situar la historia. Entre momentos se cuenta cuando el padre ya ha muerto e Hija ya se ha ido de la casa, regresando sólo para visitas ocasionales. Luego se nos transporta a determinados momentos del pasado, como por ejemplo la pérdida de la dentadura del padre o de sus intentos por dejar de tomar y cómo estos le producían el síndrome de abstinencia. En esos flashbacks, vemos también la relación con Mamá, distante y fría, mostrando poca importancia por sus hijas, siendo para este personaje más importante sus vicios que sus hijas. Esto hace de Caninos un relato de un terror sutil y a la vez perturbador por su realismo.

miércoles, noviembre 22

Blanco familiar

Cuento finalista del Premio Cosecha Eñe 2017

Llegan a las nueve de la mañana y se van a las doce. 
Son siempre puntuales.
Cuando se abre la puerta, todavía hay olor a café en mi cocina. 
Enrique nunca los ha visto. Pero deja el sobre con los cien dólares sobre la mesa del comedor, una vez por semana. Entre los tazones y los platos aún con restos de pan con mantequilla. 
Cuando se van, mi casa brilla. El piso de madera, las baldosas del baño, todo reluce. Ya no hay ropa tirada, los basureros vacíos, incluso los libros sobre mi escritorio quedan ordenados y como a la espera. 
Se van y mi casa parece una sala de exhibición donde no vive nadie. Un departamento piloto de Esto es la vida en pareja.
Pero no lo es.
Aunque las cámaras crean que sí.

El doctor Frank ya ha escrito tres libros sobre nuestras vidas. La mía con Enrique y la de tantos más. Vivimos en el mismo edificio. Todos nos sumamos al proyecto cuando éramos aún demasiado jóvenes. 
(Pagan tan bien. Qué puede importar. No nos vamos a dar ni cuenta). 
Solo el doctor y sus asistentes tienen acceso a los videos. El resto son los libros donde nuestras vidas se cuentan con iniciales. Estamos protegidos. Aunque alguien se encargue de traernos las compras del supermercado e incluso haga sugerencias sobre cómo vestirnos.
Es un buen trato. No lo pienses tanto.
Enrique firmó en segundos mientras yo seguía mirando la hoja. 
¿Algún problema? —preguntó el doctor con esa voz como de comercial de remedios con mil contraindicaciones.
Enrique me apretó el brazo. 
Vamos, mi amor, no lo pienses tanto.
Recuerdo el corazón acelerado y esa transpiración fría en la frente. Recuerdo haberme sorprendido al escuchar ese miamor. Nunca me había llamado así. Nosotros nos burlábamos de esa gente. De los miamores, de los mividas, de los micielos.
Pero firmé.
La transferencia bancaria fue inmediata.
Nuestros padres no entendieron nada. Claro, para ellos hacía años que no estábamos juntos. 
Decidimos volver a intentarlo, creo que les dijimos. Como si nuestra relación fuera un truco de magia que había que aprenderse de memoria y practicar una y otra vez hasta que saliera bien.
No podíamos arriesgarnos a las sospechas.
Todavía conservábamos nuestros anillos de matrimonio.

Hay un rincón de la casa al que las cámaras no llegan. Una esquina, insignificante. Tan solo unos centímetros de muralla, de alfombra. A veces, cuando el aburrimiento es mucho, me paro justo ahí. La nariz casi topando la pared. El aire siempre frío. Miro hacia arriba y, por unos segundos, nadie puede verme. Sí, son solo unos segundos, antes de que un "vecino" espontáneamente toque a mi puerta, o una voz me informe, por los audífonos dentro de mis oídos, que no pueden verme, que circule.
Please, circulate. 
Eso dicen.

No nos dejan hablar de la comunidad. De este edificio lleno de cables y cámaras. Para invitar a amigos o familia a cenar, tenemos que pedirles primero que llenen papeles, que firmen un contrato de confidencialidad. 
Que no digan nada.

Había empezado como un desafío. Entre risas. Luego de unas cuantas cervezas en el bar de la universidad. Con Enrique ya estábamos prontos a graduarnos y el panorama laboral se veía siniestro. Todos nuestros compañeros del doctorado se estaban devolviendo, uno a uno, a sus países. Que somos un estorbo, que ninguna universidad va a querer esponsorearnos la visa. Costaba mantener el optimismo. Y ninguno de los dos quería volver. Tomábamos cerveza apoyados en la barra, brindando por todo lo que habíamos hecho mal. Por esa vez que lo había dejado solo en el cumpleaños de su mejor amigo, o esa otra en que él le había coqueteado más de la cuenta a una de mis estudiantes en la cena de fin de semestre. Por las mentiras. Por esa noche en que quisimos mezclar sexo y golpes y terminé con marcas en la piel que todavía no se borraban. Por todas las veces que nos pedimos perdón sin querer hacerlo. Por ese matrimonio absurdo, apurado, por los papeles. 
Caminamos por el campus rumbo a la parada de buses. Yo ya sabía que esa noche terminaríamos juntos otra vez. Los edificios de la universidad estaban a oscuras y Enrique aprovechaba de manosearme debajo de la falda o besarme el cuello mientras esperábamos el ascensor. 
Entonces vimos el afiche. 
Se necesitaban voluntarios. Pagaban extraordinariamente bien. Con housing y other expenses incluidas. Con posibilidad de que te hicieran los papeles.
Sí, nos reímos. Nos besamos un poco más. Enrique me apoyó contra el diario mural que casi se cae. Yo le mordí bien fuerte el labio inferior. 
Sacamos uno de los papelitos con los datos de contacto del científico a cargo. 
Ahí notamos cómo decía, bien clarito: married couples only.

Todas las semanas tenemos una sesión con el doctor Frank. Nos pregunta por nuestros estados de ánimo, se preocupa por mi anxiety, porque evito sus ojos, porque Enrique cada vez llega más tarde a casa. Nos pregunta la frecuencia con que hacemos el amor. Lovemaking, intimacy, being intimate. Lo pregunta aunque lo sabe. Tiene acceso a los videos. Sabe que hace meses que no nos tomamos ni la mano. Quiere saber porqué. ¿Es el stress? ¿estamos tal vez interesados en alguien más?
Con Enrique solo miramos al frente. Le decimos que es cosa de tiempo. Que ya va a pasar. 
Usamos esa palabra mágica que ya nos sabemos de memoria: dry spell

Por la noche le pido que por favor nos salgamos del contrato.
Que esto no es vida.

Al día siguiente, cuando abro los ojos, Enrique ya se ha ido. Sobre la mesa de la entrada están los cien dólares. 
Estiraditos, como recién planchados. 
Sé que tengo media hora para que lleguen.

Jamás vamos a ganar esta cantidad de otra manera. Desde un tiempo a esta parte Enrique lo piensa todo con calculadora. Y es cierto, con la crisis financiera allá afuera, lo más probable es que estaríamos haciendo reemplazos en colegios o atendiendo mesas en restoranes. No entiendes que nos ganamos la lotería aquí, me dice, y yo creo distinguir una chispa de locura en el fondo de sus ojos. 
No era nuestra primera vez con experimentos. Ya habíamos donado sangre y participado en algunos focus group, durante los primeros años de estudio. Habíamos pasado horas eternas contestando encuestas por una gift card para el supermercado y yo había estado a punto de donar óvulos por una cantidad ridícula. 

Los primeros meses se sintieron como una luna de miel. Nos calentaba saber que nos estaban mirando. Que algún estudiante de psicología tomaba apuntes mientras Enrique me vendaba los ojos con una bufanda, o me amarraba las manos con unas esposas compradas a la rápida en un sex shop
These latinos... so hot, nos decíamos falseando un acento que no teníamos.
Sou Jot.
En el primer libro del doctor Frank que leímos éramos el ejemplo de una vida sexual plena. J y M nos había bautizado. Dos estudiantes en sus early thirties que hacían el amor por lo menos cuatro veces por semana. Que se mandaban mensajes de texto subidos de tono durante el día. Él en palabras, yo en fotos. 
El equipo tenía acceso a nuestros teléfonos, nuestros correos electrónicos, nuestras redes sociales. 
Al final de ese año recibimos un bono. 
Yo me compré una nueva computadora. Enrique se fue de viaje a Chicago por unos días. 
Solo.
Al regresar, empezaron las náuseas. No puede ser, me repetía en silencio. Esto no está pasando. Con Enrique salíamos a cenar y yo pedía sushi, ceviche, embutidos. 
Era un mensaje para mi cuerpo. 
Decía: ni se te ocurra.
Pasaron las semanas y la sangre no llegaba. Intentaba distraerme leyendo para mi tesis, ordenando el closet, reorganizando la despensa.
Un día fui sola a una farmacia a comprar el test. Me lo hice en el baño de un Starbucks. 
Positivo.

Ya no recuerdo qué pensé. Si es que pensé algo. Habíamos acordado que yo sería la encargada de cuidarnos. La de las pastillas. La de la alarma en el teléfono.
Estuve dos semanas sin creérmelo. Dos semanas en que contesté que estaba todo bien en mis sesiones individuales con el doctor Frank. Dos semanas en que apenas hablé con Enrique o mis amigas. 
Pensaba que decirlo lo haría realidad. 

El equipo de limpieza ordena y organiza todo con una eficiencia dolorosa. Bota a la basura los yogures ya vencidos, la fruta muy machucada. Deja las botellas de vino en el contenedor de reciclaje, sin juzgar. Me dejan leer tranquila y solo me piden que pase de la pieza al living y viceversa para que así puedan avanzar. 
Yo, me dejo mover. 
Afuera de mi ventana cae la nieve.

Antes de contarle a Enrique, le pido que me rompa. Esas son las palabras que uso. 
Quiero que me rompas. 
Lo miro de pie frente a nuestra cama. 
Él está recostado, yo cambié de opinión a medio camino entre desvestirme y ponerme el pijama. Lo miro con la blusa en una mano. En calzones. Con los sostenes desabrochados. Lo digo tratando de sonar sexy pero mi voz es triste.
Enrique se levanta y me ayuda a ponerme el pijama. Deja mis sostenes sobre la cómoda, la blusa en el canasto de la ropa sucia. Me pregunta si quiero un té. En mi cabeza pienso: quiero que me rompas. Estoy embarazada y quiero que me rompas. Tengo mucho miedo y quiero que me rompas, pero solo atino a abrazarlo.
Cuando al fin le cuento, lo toma mejor de lo que esperaba. No sale corriendo a llamar a su familia pero tampoco me pide que no lo tengamos. Esto puede ser muy bueno, me dice, y le creo, aunque por un segundo pienso que lo está calculando en dólares.
El más feliz es el doctor. Somos la primera pareja en quedar embarazada. Va a ser interesantísimo observar nuestras dinámicas ahora. Los cambios. The changes, dice. Vas a estar en las mejores manos, comenta mirándome. 
Cuenta conmigo para lo que necesites. 
El doctor cumple su palabra. Cada semana llegan cajas y cajas de ropas, coches, mamaderas. 
Mi panza crece. Ya no me sale decirle "guata". Mi español de Chile cada vez más diluido. El inglés ya capaz de engañar a cualquiera. 
Look at that belly, comenta el doctor cada semana. Look at you!
Y yo me miro, sí. Todas las mañanas. Me quedo pegada al espejo. Me observo de frente, de perfil. Enrique apoya su cabeza sobre mi ombligo. Hace dibujos con un sharpie. Un oso, una nave espacial, las flores de la primavera en todos lados.
Hace cálculos también, por cierto. Abre una cuenta corriente. College Fund, me dice, con su sonrisa de números, de balances, de estadísticas.

Mi directora de tesis me mira con desaprobación cuando me ve tan inmensa. Durante todo el doctorado, cada vez que almorzábamos o me veía por los pasillos, me decía, sin anestesia: don't have children. Ahora la decepción es mucha. Ni siquiera intenta disimularla. Puedo leer en sus ojos mi futuro de pañales y noches sin sueños. De días sin leer, sin escribir.
Yo sigo aterrada pero esos no son mis miedos.
La tesis está terminada. Hablamos de otras cosas.

En la Comunidad nos entregan los papeles. Ya estamos cada vez más lejos del estatus de ALIENS. No podemos salir del país por un rato. Una suerte de arresto domiciliario. Algo en mí se contrae. El doctor Frank me dice que no me preocupe. Que el tiempo se pasará volando.

Enrique me ayuda a pintar la pieza de Sofía. Las paredes son de color violeta. Antes de que compremos los muebles, paso mucho tiempo en ella. Me gusta sentarme en el suelo a leer, a hablar por Skype con mis amigas en Chile. Me piden que les muestre este planeta en el que me he convertido, me dicen que me veo radiante. Yo solo veo lo feo. Las ojeras por las noches sin dormir de pura incomodidad, las estrías que ya me empiezan a marcar los muslos, ese calor insoportable de la ciudad y su verano furioso que se me mete en la sangre.

A veces le leo cuentos a Sofía. 
Le canto.
Intento imaginármela de dos, cinco, diez años.

El doctor Frank escribe artículos sobre mi transformación en madre. Sobre lo que le ha hecho a esa pareja, J y M, en sus no tan early thirties. Comenta que nos hemos alejado. Que yo he construido un mundo en el que solo cabe Sofía. Que cada vez estoy más distante. Que no paro de limpiar y desinfectarlo todo. Que el equipo de limpieza, cuando llega a casa, ya no tiene nada que hacer.
Useless.
Pointless.

En una página se detallan los hábitos de Enrique. Lo tarde que llega cada día. 
Las veces que se ha quedado dormido en el sofá frente a la tele. 
Las veces que me he levantado a pedirle que vuelva a la cama.
Las veces que he ido a taparlo sin pedirle que regrese.
Las veces que me he quedado tranquila y sola.
Enrique no los lee. Dice que me están haciendo mal.
Yo le muestro mi panza. Le paso un sharpie.
Me dice que está apurado. Que tiene una reunión urgente en la universidad.

Cada vez que me muevo de la sala a la pieza me encuentro con una nueva versión. Mi velador tiene los libros ordenados por tamaños, los aros están todos en pares y colgados en una rejilla especialmente pensada para ello. Las monedas en una cajita. 
No botan papeles. Me los dejan bien estirados, sobre la cómoda, para que yo vea qué hago con ellos. No quieren arriesgarse a desechar algo importante.

Hoy abro la puerta, me acerco a la cómoda y no hay papeles. 
Bien ordenaditos, uno junto a otro, están los frascos de remedios.
Esos con mi nombre.
Cierro las cortinas.
Vuelvo a la cama

Al levantarme, Enrique ya se ha ido. No escucho el despertador pero siento el olor del café que siempre deja preparado. Un gesto que no se borra con nada: ni con las distancias, ni los malos ratos, ni ese dry spell que acusábamos en nuestras sesiones de pareja.
Los pantalones están rojos. Húmedos. 
Lo que sale de mí es un aullido.

Alguien de la comunidad llega a buscarme.
Luego los paramédicos.
Lo último que veo, desde la camilla, son los billetes, bien estirados, para el equipo de limpieza. Y las hojas del otoño, amarillas, violentas, asomarse por mi ventana.

No me pregunten qué pasa después.
Duermo y vuelvo a despertar.
Duermo y vuelvo a despertar.
A veces está Enrique, a veces una enfermera.

En su siguiente artículo, el doctor Frank escribe sobre el duelo de una madre primeriza.
De la culpa. Guilt.
Sadness
Impossible Grief.
Del cambio en los hábitos. 
Hay fotos de mi cocina llena de basura, con los platos sucios en torres infinitas. De la cama sin hacer. Los hongos en la cortina de baño.
El equipo de limpieza empieza a visitarme todos los días.
Yo los espero sentada en el sillón del living
Una mujer algo mayor, un hombre joven. Siempre vestidos de blanco.
Me muevo de una habitación a otra.
Se despiden diciendo Have a nice day.

Enrique me deja luego de un par de meses.
No le reprocho nada.
Sofía se llevó todo lo que no teníamos.

El doctor Frank me visita tres veces por semana.
Take your time, me dice.
No rush, me asegura.
Toma notas en su libreta.

Mi cuerpo sigue inmenso. 
No hago ejercicio. Como mal.
Evito los espejos.

Pasan los días.

Cada vez que se va el equipo de limpieza, lentamente lo voy ensuciando todo. Lleno de migas la cama, doy vuelta el café sobre el sofá. 
Dejo mis pelos pegados a las paredes de la ducha. La pasta de diente chorreando en el lavamanos.
Cada tarde un nuevo desastre.
Ellos no dicen nada.
Solo abren la boca para pedirme que me vaya a la otra habitación (would you mind..?) y la pregunta se queda flotando. 
Una mañana intentan limpiar la habitación de Sofía. Mi grito nos sorprende a todos. Al poco rato llega el doctor Frank con un sedante.
Fuera de mi ventana todo es blanco. Todo es hielo.

Vuelvo a abrir los ojos. 
Escucho el sonido de la aspiradora. 
Luego agua, el trapero.
Me levanto y voy rumbo a la sala.
La mujer de la limpieza evita mirarme.
Hace como si nada. 
Remoja el trapero en el balde.
Yo me recuesto en el suelo.
La madera se siente fría contra mi espalda.
Miro el techo blanco. 
El ventilador.
Abro los brazos y las piernas. 
Soy una equis, un ángel en la nieve.
Le pido que me rompa.

Que me limpie.

***

María José Navia (1982) es una escritora chilena. Es autora de la novela SANT (Incubarte editores, 2010) y de los libros de cuentos Instrucciones para ser feliz (Sudaquia, 2015) y Lugar (Ediciones de la Lumbre, 2017). Algunos de sus relatos han sido traducidos al inglés, francés y ruso. Tiene un Magíster en Humanidades y Pensamiento Social (NYU) y un Doctorado en Literatura y Estudios Culturales (Georgetown University). Actualmente se desempeña como profesora en la Facultad de Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile y escribe reseñas tanto en Paniko.cl como en su blog Ticket de cambio.

Un héroe se rinde

El Día de la Gratitud, de Cecilia Velasco. Alfaguara, 2017. 147 páginas.

Un individuo frente al poder del sistema educativo es el eje alrededor del cual gira la primera novela de Cecilia Velasco (Quito, 1965) que no está dirigida para un público infantil o juvenil. Es una novela de eventos sueltos en donde se pone en un dilema a su protagonista, el profesor de matemáticas Jerónimo Onofre. Con humor se trata de sobrellevar las presiones del poder y las agresiones que sufre Onofre.

Entrando en contexto: Onofre da clases en El Buen Samaritano, un centro de rehabilitación juvenil. Siempre vela por el bienestar no solo de los internos sino también de los empleados. Pero velar no es suficiente: es un profesor más, sin mayor voz, mermado por las autoridades y por el abogado Tundidor, el director. Se trata, al parecer, del típico empleado optimista que aspira a un cargo mejor y, sobre todo, al mejoramiento de las condiciones del plantel. Onofre trata de sonreír a la vida a pesar de ser "el sobreviviente de un divorcio tras un matrimonio que no parecía anunciar tal desgracia". Pero tan desgraciado no fue el matrimonio: parece que en realidad casi no existió debido a las ocupaciones y al "altruismo" de Onofre, y finalmente la pareja se distanció pacíficamente. Más desgraciado para el profesor, en cambio, es el asunto de no ser tomado muy en serio, salvo algunas excepciones, debido a la homofobia discreta de sus cercanos. La autora describe tardía y casi innecesariamente al protagonista como alguien con "pinta afeminada" (como dice el director pedagógico, Lenín Romero) en un lugar regido por valores tradicionales (es más, fundado por curas baladitas). El nombre de la institución parece una ironía: en El Buen Samaritano la única persona que merece ese calificativo es Onofre, el resto son burócratas apegados al dinero de los padres de los internos.

Onofre se va perfilando poco a poco en episodios más o menos irrelevantes para la trama. Desde un romance con un amigo de la adolescencia, Sandro, hasta con un francés de origen turco llamado Shefket. Desde su exesposa hasta su actual pareja, Sofía. La escena más relevante para Onofre ocurre durante el Día de la Gratitud ("un día al año, los internos eran homenajeados por sus protectores"), una costumbre heredada de los curas baladitas. Ese día todo se sale de control. A escondidas, los internos liderados por los del pabellón Alfa —los más acomodados— imponen el caos en todo el instituto. Grafitis obscenos con insultos al personal, libros destruidos, la piscina hecha un desastre. La venganza de los internos es consumada, pero Onofre no tolera todo esto. Es uno de los pocos profesores que protestan contra los alumnos, quienes a su vez lo acusan de llamarlos "fascistas". Esta supuesta acusación fue más ofensiva para los padres de familia y los directivos que el mismo caos causado por los internos. He aquí el poder de los padres (el dinero) sobre la institución y el de la institución sobre un empleado.

Onofre es un desgraciado que está por perder —o, más bien, dejar— su empleo; y muchos, entre ellos Sofía, apoyan su determinación. Luego de pensarlo, sin embargo, Onofre cede y pide disculpas públicas a los padres, a los internos y al director. Onofre decepciona a quienes estuvieron de su lado. Es absorbido por la institucionalidad y los manuales: un burócrata al servicio de quienes rigen El Buen Samaritano.

Esta dualidad de someter y ser sometido también se dibuja en ciertos estudiantes. La autora no entra en detalles individuales de los internos, solo de quienes ponen en evidencia dicha dualidad. Por ejemplo: Rafael, un adolescente problemático que lidera las revueltas en el instituto, y David, un joven considerado sumiso, depresivo y amanerado que solo se dedica a escribir, cosa que es "novelería" para los directivos. Estos personajes secundarios, no obstante, quedan como sombras que pudieron haber tenido mayor relevancia en las decisiones de Onofre. 

Las jugadas y las relaciones de poder rigen en todo momento en la obra. Así pues, no se trata de una novela de adolescentes disfrazados de anarquistas, sino de un héroe que prefiere rendirse en lugar de enfrentar los valores conservadores de la institución y las presiones de quienes aportan dinero a ese bloque.

martes, noviembre 14

Una realidad desfigurada

Faltas ortográficas, de Eduardo Varas C. Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2017. 133 páginas.
POR LISSETTE MONTILLA

El cine, el rock y la literatura vistos con un toque de humor e ironía —y hasta horror— son temas que están en Faltas ortográficas, el último libro de Eduardo Varas. Este es un volumen de nueve cuentos publicados anteriormente en revistas y reunidos por el periodista y profesor guayaquileño. Publicado en Junio de 2017, las 133 páginas de este libro pertenecen a la nueva colección “Luz Lateral” de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

Comenzando en “Prólogo”, que no es un prólogo sino un cuento, ya se va advirtiendo que este libro no pretende entretener ni agradar. Lo que busca es repeler intentando persuadir al lector a que no lo lea, pero a la vez lo cuestiona y le hace pensar sobre el contenido. El narrador lanza de forma indirecta y contradictoria el desafío de leer el libro, dando a conocer que al hacerlo el lector va a cuestionarse la cultura que consume día a día. En otros cuentos, también, se ve una crítica a la sociedad actual, que acepta un entretenimiento (en este caso, a la películas de Star Wars) que raya en lo absurdo e ilógico y es parte fundamental de nuestra cultura. El autor lo hace resaltando los horrores de la sociedad manifestados en las diferentes expresiones artísticas.

En el cuento que le da el nombre al libro, el lector ve de manera precisa cómo sucede la desfiguración social a través del mal uso del lenguaje. El narrador advierte a la sociedad que, sobre todo desde el surgimiento de las redes sociales, ésta ha ido dejando de lado la importancia de escribir correctamente para darle prioridad a usos populares e incorrectos. Pero lo que se va a recordar es solamente aquello que esté escrito. Todo esto mezclado con un humor negro, disfrutable para aquellos que como Varas alcanzan a distinguir cómo se ha ido desfigurando la realidad por un lenguaje descuidado.

martes, noviembre 7

El ojo del crítico

POR CECILIA VERA DE GÁLVEZ*

"Permitir que unas autoridades, por muy cubiertas de pieles sedosas y muy togadas que estén, entren en nuestras bibliotecas y nos digan cómo leer, qué leer, qué valor damos a lo que leemos es destruir el espíritu de libertad que se respira en esos santuarios. En cualquier parte nos pueden atar leyes y convenciones, ahí no tenemos ninguna". Así se refiere Virginia Woolf a los críticos en el último capítulo de su ensayo "¿Cómo debería leerse un libro?". Sin embargo, y aunque hable con tanta ironía sobre quienes hacen crítica literaria, avanza en tal capítulo hacia el reconocimiento de que es inevitable una valoración de lo que se lee —eso sí, a partir de una lectura apropiada o, como yo la llamaría, pertinente.

Por otra parte, el excelente novelista español Javier Cercas desarrolla toda una teoría en su libro El punto ciego para validar la crítica hecha por un escritor como él, tanto acerca de obras de otros autores, como sobre las propias. Afirma que "la literatura avanza siempre por delante de la crítica y el mismo insobornable individualismo que anima la búsqueda del escritor le permite detectar, en determinadas obras, virtudes escondidas u olvidadas". Y más adelante continúa: "igual que el cerebro rellena el punto ciego del ojo, permitiéndole ver donde de hecho no ve, el lector rellena el punto ciego de la novela, permitiéndole conocer lo que de hecho no conoce, llegar hasta donde, por sí sola, nunca llegaría la novela". He ahí un reconocimiento a la coautoría que incorpora al lector como parte de lo que se descubre a partir de la creación. Y se explica entonces ese encuentro entre dos voces del que habla el pensador Tzvetan Todorov en Crítica de la crítica, el que se da entre el autor y el crítico cuando éste último realiza el estudio y la valoración de una obra literaria.

Hasta aquí, las reflexiones seleccionadas nos orientan inexorablemente hacia el acto de la lectura interpretativa como el aspecto con el que se relaciona la tarea valorativa de la obra literaria: responder a la pregunta implícita que plantea. Por ejemplo, decodificar el lenguaje que el uso retórico ha convertido en poesía; apreciar una temática propuesta como hilo de unidad en un conjunto de cuentos; identificar la caracterización de un personaje, etcétera.

El ensayista venezolano Domingo Miliani, en su trabajo La crítica literaria hoy, la define como "un discurso descriptivo, analítico y valorativo de un texto literario... Su primera y básica función es asediar el texto literario, revelarlo y valorarlo". Teniendo entonces como evidente que se necesita realizar un abordaje del texto literario desde alguna teoría que corresponda —como, por ejemplo, la psicológica, la feminista, la queer, la psicoanalítica—, la valoración podrá realizarse sea, como mencionan algunos, in media res (a medida que se realiza el análisis), o al finalizar el estudio. Lo expuesto evidencia la necesidad de una preparación que daría como resultado una crítica especializada.

Existen otros tipos de crítica, la del ensayo de impresión tras una primera lectura —que puede incluir abordajes diversos—, o simplemente la crítica que no se enmarca en las ciencias de la literatura (historia, análisis y crítica académica) sino en la comunicación cultural: me refiero a las reseñas para medios periodísticos, diarios y revistas. 

Es interesante constatar que no ha cambiado mucho lo que hace casi cuatro décadas declaraba, respecto a la situación de la crítica literaria, la escritora y académica mexicana Margo Glantz: "Hasta hace poco escribir crítica literaria o enseñar literatura eran problemas que no se cuestionaban, se ejercían. Ahora se pone en tela de juicio su mera existencia y las universidades consideran a la literatura como la menos útil de sus disciplinas y la más apta para sus alumnos más ineptos, traduciendo un intento de imponer una visión cientifista y tecnocrática".

En la actualidad, además, desde un movimiento generado en Europa y que fue muy bien recibido en muchas universidades estadounidenses —más por subsistir que, tal vez, por convicciones teóricas— se intentó hacer una labor secundaria a la valoración de la literatura como propuesta estética. Esto para reemplazarla, en lo que se conoce ahora como Estudios Culturales, por interpretaciones relacionadas con diferentes problemáticas como el colonialismo, las exclusiones étnicas o de minorías, las representaciones sígnicas autóctonas, etcétera. Se elude así su reconocimiento y valoración como propuesta estética. Al momento, todavía se intenta un diálogo entre teoría y crítica literaria con los Estudios Culturales, como lo propone la ecuatoriana Alicia Ortega, quien describe esa nueva perspectiva como el intento de "problematizar la noción misma de literatura en el sentido de incorporar en ella los textos producidos por la cultura no ilustrada, de cuestionar la relación entre literatura y subalteridad" y ratificar la contaminación constante de la literatura con "otros discursos: jurídicos, social, económico, histórico, marginal, fantástico, entre otros".

Tales alternativas de análisis e interpretación de lo literario propuestas como práctica sustitutiva de la crítica literaria, dentro del mismo espacio de la academia estadounidense, son totalmente rechazadas por connotados críticos como el ecuatoriano Wilfrido H. Corral, quien tiene un amplio conjunto de obras de apreciación de nuestra literatura y de la de Latinoamérica. Otro de los problemas que se le atribuye a la labor de la crítica tiene que ver con la consagración o no de la obra literaria, con su inclusión en los cánones de lectura, ejemplo de lo cual es el autor de la obra con ese nombre: El canon occidental, de Harold Bloom. 

Lo expuesto nos lleva a mencionar el siguiente problema: el del discurso cultural hegemónico que continúa existiendo, aparte de lo ya mencionado con la academia estadounidense, sobre todo entre  el viejo mundo y las culturas de otros continentes. Parecería inadecuado y fuera de lugar poner este tema todavía sobre la mesa pero la realidad lo ratifica. Quizá, en lo que va del presente siglo, poco a poco, tal problema presente visos de solución gracias a la labor de ciertas grandes editoriales y, sobre todo, pequeñas editoriales independientes. Como afirma Domingo Miliani: "La literatura está en constante proceso de valorización y depreciación, puesto que no escapa a la dinámica social y al gusto o el consumo, mal que nos pese".

En diferentes momentos de la evolución de la crítica literaria, se ha mencionado la situación de crisis en la que se encuentra. Gabriela Pólit Dueñas se refiere a esta crisis como "una suerte de palimpsesto con el que se escribe una y otra vez, se trazan surcos que dividen territorios interpretativos a la vez que generan diversas formas de comprensión. La crisis, como el palimpsesto, es una y son varias, se repite, se borra y se vuelve a escribir". Con este marco, desde que se inició la dinámica circulación del saber mediante redes de diferente índole, afrontamos una nueva situación muy representativa del inicio del siglo XXI: la proliferación de las obras literarias, peligrosamente indiscriminada en cuanto a su calidad y maravillosamente accesibles rompiendo las antiguas barreras geográficas que aislaban las literaturas nacionales, por ejemplo. Aparentemente, el libro real ha disminuido su circulación y el virtual se multiplica de manera significativa. A la vez, las valoraciones críticas aparecen en diferentes formatos digitales: redes, grupos cerrados, páginas y blogs de periódicos, de creadores, de críticos y de lectores expertos e inexpertos.

Este momento de auge de la digitalización literaria, tanto en la escritura como en la lectura y la crítica, según algunos criterios, reubica la relación escritor, crítico y lector, la vuelve una relación horizontal en la mayoría de los casos. Jorge Téllez, en la revista Letras Libres, afirma: "A mi juicio, la mayor aportación del mundo digital a la creación y la crítica literaria tiene que ver con la inclusión, en el debate público, de los conceptos de apertura e inestabilidad. La caracterización de la academia como espacio cerrado no funciona. Se trata de ampliar el espacio de la discusión y de buscar nuevas rutas para pensar y analizar la literatura. Incluso las ideas de alguien como [Terry] Eagleton un agrio antagonista de la tecnología comparten la voluntad inclusiva, el interés multidisciplinario y, más importante, la construcción de redes del conocimiento que tanto se exaltan en el mundo digital".

Quiero terminar recordando mi lectura de uno de los últimos artículos de Beatriz Sarlo en el diario español El País. Ahí se refiere a la recomendación de Walter Benjamin de evitar el uso de la primera persona cuando un escritor se inicia, dejándola para cuando haya adquirido experiencia suficiente: "La literatura no tiene un código civil de prohibiciones y licencias. Nadie puede decir sensatamente que no debe escribir de cierto modo, dado que la historia misma de la literatura moderna es un museo de transformaciones inesperadas". Lo que nos hace retornar a Virginia Woolf: solo hágase entonces, sea desde la crítica especializada o desde la buena experiencia lectora, un recorrido profundo por el camino de cada obra literaria con la que uno se encuentre.

Fuentes:
- Virginia Woolf, El lector común.
- Javier Cercas, El punto ciego.
- Tzvetan Todorov, Crítica de la crítica.
- Domingo Miliani, La crítica literaria, hoy. (Compilación).
- Margo Glantz, La crítica literaria, hoy. (Compilación).
- Alicia Ortega, Crítica literaria ecuatoriana. Hacia un nuevo siglo. (Antología).
- Gabriela Pólit Dueñas, Crítica literaria ecuatoriana. Hacia un nuevo siglo. (Antología).
- Jorge Téllez, "La otra crítica literaria".
- Beatriz Sarlo, "Encerrar el yo en una lata".

(*) Una versión de este texto fue leída en la Feria Internacional del Libro de Guayaquil, realizada el pasado mes de septiembre.

La inmovilidad del viaje

Pájaro de nunca volver, de Mario Campaña. Candaya, 2017.
POR BISMARK LEÓN

Los problemas migratorios del siglo XXI y sus conflictos, así como lo vano de esa búsqueda de movimiento, rondan el último libro de Mario Campaña. Los poemas de Pájaro de nunca volver, sin embargo, quieren ir más allá del desplazamiento físico en un contexto geopolítico: nos hemos estancado no en el sentido de progreso (menos guerras, avances tecnológicos, menos enfermedades, mejores líderes mundiales), sino más bien en nuestro viaje como civilización. Encontrar un nuevo lugar para vivir es una valiosa excusa para cuestionar ese estado de cosas.

La primera parte de este poemario, titulada "Introito", trata de contextualizar al lector sobre la violencia con la que inicia. La noche silenciosa y vacía es inquietada por un disparo, y la voz poética trata de encontrar una luz, la de la luna, para despejar esa "bruma que a veces me envuelve". También cuenta con otros elementos cercanos como "el río, con su proximidad, su viento desapacible". Sin embargo, "hoy la luna no está", por lo que la noche se vuelve oscura y la voz poética pierde su rumbo y la cercanía de su entorno.

Se trataba de un mal presagio, como ya se anuncia al comienzo: al siguiente día el río queda seco. A la comunidad de pescadores que acompaña a la voz poética no le queda más que abandonar lo que hace: "recogimos los anzuelos, la red y las carnazas / del cielo súbitas sombras nos cercaron". Tras el sobresalto, se refugian en el bosque y "después todos volvimos a la orilla / caminando con un pie en el sueño". Este sueño, efectivamente, trata de moverse a otra parte. La comunidad debe partir hacia otro lugar para sobrevivir: "al fin, era un sin fin / a las / ceremoniosas montañas escapamos". Ese escape, no obstante, no es más que una búsqueda continua, como si el viejo nomadismo de la humanidad reviviera hacia un sin fin: "y renovados volvíamos a partir / todo recomenzaba a la aventura / excitados sin un destino cierto / el mismo celo el mismo fatigar". Esta estrofa revela un tópico de este poemario: la búsqueda sin éxito, como si no se progresara, como si, al final, no hubiera movimiento. La inmovilidad es, pues, un tema que aterra a la voz poética, un "desapacible pronunciar sin fin / el abstruso discurso de nuestra vida".

En este movimiento hacia la inmovilidad, la voz poética se encuentra no solo con paisajes extraños para ésta, sino también con la muerte. Cuerpos calcinados bajo una nube de humo o el ataque terrorista del 11 de marzo de 2004 en Madrid. La voz llega a la conclusión de que no hay más que avanzar, pero sin oportunidad de retroceso, como si al llegar a ese sitio incierto fuera un estancamiento: "al fin sin fin henos llegados / el terco viaje entreteniendo / andar de caballeros sobre estas nubes ralas / en el hueco de la palabra eternidad". Y también tormento: "un pájaro que canta / en casa de la víbora / solo para cambiar de cielo". La migración es una necesidad aunque conduzca hacia la inmovilidad, hacia un territorio al que jamás se pertenecerá ni se adaptará por completo.

La segunda parte del poemario incluye diálogos de la voz poética con fantasmas del pasado, como el espectro de una madre muerta. Estas voces hablan sobre un pasado igual de tormentoso que el presente. Se definen como memorias que están por morir. La voz poética acoge un discurso apocalíptico: no habrá más pueblos, riberas, ciudades, aunque ese viaje siga en un falso movimiento.

En la coda del libro, la voz poética sigue atormentándose. En esta ocasión, con el lamento de un niño o de una madre. La voz poética no siente que pertenece a ese extraño lugar lleno de nieve y niebla que describe, para él su única identidad está en Matavilela, su lugar de origen. Aunque no lo señale, ese mítico e incierto espacio sale de la novela El rincón de los justos, de Jorge Velasco Mackenzie. Lo quiere decirnos es que su hogar por elección, el único que importa, está en la literatura.