jueves, julio 14

Fabio Morábito: "Me gustaría vender tapetes persas"


Retomamos las #Matapreguntas con el escritor mexicano Fabio Morábito, uno de los invitados a la próxima feria del libro de Guayaquil. Decir que este autor es mexicano, sin embargo, trae ciertos reparos, ya que Morábito nació en Alejandría, Egipto, pero es hijo de italianos, por lo que pasó su infancia en Milán.

Morábito ha escrito toda su obra en español y ésta abarca poesía, cuentos (Grieta de fatiga ganó el premio Antonin Artaud 2006), prosas variadas, un libro de ensayos y una novela, además de un libro para niños. Morábito también tradujo a poetas como Eugenio Montale y Patrizia Cavalli. Para acompañar este cuestionario, publicamos dos textos breves de su libro El idioma materno.


¿Cuál fue el último libro que leíste?

El fin del "Homo sovieticus", de Svetlana Aleksiévich. Extraordinario.

¿Qué libros has robado? 

La teoría de la evolución, de Darwin, y me cacharon.

¿A qué escritor resucitarías y para qué?

A ninguno. Por ejemplo, si resucitas a Dostoievski, lo bombardean de entrevistas. Mejor dejarlo como está.

¿Qué cantas en la ducha?

No canto ni silbo en la ducha.

¿Qué harías con un Gregorio Samsa en tu familia? 

Lo trataría como un rey, siempre y cuando me asegurara que puede escribir La metamorfosis. Si no, lo aplastaría como una cucaracha.

¿Cuál ha sido tu peor trabajo? 

Dar clases de italiano a señoras ricas, que duraban tres semanas y desertaban.

¿Cuál es tu secreto peor guardado?

Todos están guardados muy bien.

¿Qué libro relees a menudo?

Mi prima Raquel, de Daphne du Maurier.

¿Qué te gustaría hacer que no tenga que ver con la literatura? 

Vender tapetes persas.

¿A qué autores jóvenes recomiendas?

Plinio el Joven.

¿Cuál es el primer libro que recuerdas haber leído?

No recuerdo el primero, pero recuerdo el primero que me impresionó: De ratas y hombres, de John Steinbeck.

Nadie lee nada

POR FABIO MORÁBITO*

Nadie lee nada

Un amigo mío me habla pestes de un escritor reconocido. Me dice que le parece tan malo, que no ha leído una sola línea suya. Le pregunto cómo puede sustentar su juicio si no lo ha leído, y me contesta: "Por puro olfato". Le digo que a mí me parece un escritor pasable. Lo digo por puro olfato, porque tampoco lo he leído. Seguimos discutiendo, él esgrimiendo sus razones olfativas y yo las mías. No es difícil imaginar a un escritor cuyos libros nadie ha leído y sobre el cual todos opinan por olfato. Su primer libro, por ejemplo, se publica gracias a su amistad con el editor, el cual, bien sea por olfato o por falta de tiempo, sólo hojea el manuscrito y luego lo entrega al corrector de estilo de la editorial, que no lo lee, sino que lo corrige, que es distinto. El libro, una vez publicado, da lugar a entrevistas hechas por periodistas que han leído sólo la contraportada, cosa bastante común, y es reseñado brevemente por reseñistas que también sólo han leído la contraportada. Se vende poco, pero no menos que otros. Los pocos compradores leen la contraportada y luego olvidan el libro en una repisa del librero, como ocurre a menudo. El autor publica un segundo, tercer y cuarto libro, que suscitan entrevistas, re­señas, ventas bajas y cero lectores. Al cabo de una década tiene una trayectoria sólida, pero nadie lo ha leído. Es más, ni él mismo se ha leído, porque, como suele referir en las entrevistas, escribe en estado de trance, de modo que apenas revisa lo que escribe. En resumen, el único que ha pasado reseña concienzuda a sus líneas es el corrector de estilo de la editorial, que no lo ha leído propiamente, sino corregido, por lo cual no representa una fuente confiable para saber de qué tratan los libros de nuestro autor. Entre más libros suyos se publican, más difícil se vuelve que alguien lo lea, porque ha alcanzado esa modesta notoriedad que en lugar de azuzar la curiosidad del público, la mata de raíz. En suma, es un autor, de tan invisible, perfecto. Un clásico. Y a su muerte sus libros acaban en las escuelas, donde, como es sabido, nadie lee nada.


La humillación

Con una frecuencia inusual para los parámetros de hoy los personajes de Dostoievski humillan y son humillados. Léase esta frase de El idiota: "Gabriel Ardalionovitch no se atrevía a presentarse en ninguna parte a causa de lo avergonzado que estaba por las humillaciones que había sufrido". Es una frase, por la naturalidad con que se profieren en ella palabras como vergüenza y humillación, inimaginable en una novela de hoy. Nuestra sociedad, que enarbola los derechos del individuo y ha hecho de la individualidad un santuario, ha perdido la costumbre de usarlas. Es como si fueran portadoras de una pestilencia insoportable y su sola mención nos toma indefensos. Preferimos palabras menos comprometedoras como discriminación, segregación, injusticia o, a lo mucho, vejación. El caso de un buen novelista como Coetzee es paradigmático. Escribió una excelente novela sobre la humillación y la tituló Desgracia. La palabra no hace justicia al libro. La desgracia es un golpe de suerte adverso, una merma de la gracia, pero ser humillados no tiene nada que ver con la buena o la mala suerte. La hija del protagonista, de raza blanca, es violada por unos jóvenes negros, en un claro acto de deshonra que es al mismo tiempo un acto de adopción de la víctima por parte de sus verdugos. Coetzee ha leído a Dostoievski y sabe que la humillación es un secreto reconocimiento del otro. Se humilla para incorporar, para ingerir, porque el humillado es parte de uno y no se puede humillarlo sin ponerse en su lugar, por eso sólo humilla aquel que ha sido humillado a su vez, o que teme serlo y quizá lo desea secretamente. La humillación mata pero también regenera. En este sentido, todo rito iniciático es una humillación, y la humillación, como ocurre a menudo en Dostoievski, es una forma radical de desprenderse de un yo gastado. Por eso puede decirse que aquel que nunca ha padecido una humillación no se pertenece realmente a sí mismo. Hoy, al cancelarla de nuestra vida, hemos perdido la confianza en una transformación profunda y ésta es quizá nuestra auténtica desgracia.
(*) Estos dos textos fueron publicados originalmente en El idioma materno (Hueders, 2014).

"Cenizas del ardor de los años" (Poemas de José Luis Aguirre)

POR JOSÉ LUIS AGUIRRE


THE END

No quedará mucho que recoger bajo los escombros
Cuando estas mismas ruinas
Digan su nombre intentando desaparecer
No quedará mucho —tampoco
Del raquítico manojo de recuerdos olvidados
Simples flashes de una memoria que ya a nadie importa
En que la ciudad se veía a sí misma en sus ojos
No quedarán poemas-pulsión
Habitando dentro del turbo de mi esqueleto
En franco trance —elevación súbita
Donde el agua de una fuente sorbe de la punta de un cable eléctrico,
Toda la poesía que hay en la cresta de las olas
No quedará ninguna agitación bajo los puentes
Ni la estrangulación de los besos explorando lo profundo de la boca
En dos vagabundos pretendiendo redefinir el concepto de fricción
No quedarán ya ni las bombas desmanteladas
Aquellas madres-muerte
Que borraron países de un tajo a la raíz primordial
Previo ensayos nucleares
En desiertos que se mudan a través de las regiones que mutan
Según el efecto invernadero
No quedarán zombies, ni luces, ni estrellas
Ni manchas de esperma sobre la mezclilla
Ni bostezará la luna entre las antenas
Ni todo mi dolor como niebla sobre la planicie
Ni la esperanza para los elegidos
Ni el último recuerdo del último cerebro a punto de entrar en coma
O en puntos suspensivos,
Que son signos de interrogación que no preguntan nada
Porque no sigue nada
Porque no hay más nada
Porque no queda nada.




ORFANDAD

Para mi hermana Aracely

Estás loca, le dije.
Esperas a la madre y por eso te quedarás sola,
desvalida, incompleta.
Cuando amanezca en ese día,
en ese día en que solo fantasmas te ofrezcan flores
y una lluvia larga y densa te hunda entre recuerdos,
desearás que ese día dure solo una ráfaga,
algo menos que un segundo,
lleno de flashes microscópicos.
Está bien, puedo aceptarlo.
Nos quedaremos solos nosotros dos,
yo voy en el paquete arrastrando,
tirado por caballos desbocados.
Vaya nueva forma de morir en vida.
Y todo por esperar,
y todo por quedarse a ver qué pasaba,
a ver si volvía nuestro origen,
pero nuestro origen debía perderse,
y nos perdimos todos juntos,
todos, antes de separarnos.
Nos quedaremos solos como te decía,
y nuestra culpa es la única,
no hay otra en este cuarto,
no cabe otra en este cuarto,
en que esperamos el amanecer y la presencia,
reptando en medio de la penumbra.
Estás loca,
estamos enloqueciendo,
adentro de nuestra cabeza todo está girando,
solo veo huellas, cenizas del ardor de los años,
y su mano, abriendo la ventana.
Palabras de su boca pronunciando nuestro mundo.
Este sueño no termina,
desembocaremos directo al dolor cuando termine,
pero no queremos que termine.
Cerrando los ojos, no queremos que termine.



***


José Luis Aguirre (Monterrey, Nuevo León, 1987). Hizo estudios en Bibliotecología y Ciencias de la Información en la Facultad de Filosofía y Letras de UANL. Textos suyos aparecen en Hermano Cerdo, Bitácora de Vuelos, Revista El Humo, Punto en Línea (UNAM) y en la revista Armas y Letras (UANL) En 2013 obtuvo el primer lugar en el IV Concurso de Reseña organizado por la Casa del Libro de la Universidad Autónoma de Nuevo León, así como el segundo y tercer lugar en la categoría de cuento del Certamen Literatura Joven Universitaria de la UANL. Actualmente vive en São Paulo, Brasil.

jueves, mayo 12

Mi jockey


Me gusta trabajar en Urgencias, por lo menos ahí se conocen hombres. Hombres de verdad, héroes. Bomberos y jockeys. Siempre vienen a las salas de urgencias. Las radiografías de los jinetes son alucinantes. Se rompen huesos constantemente, pero se vendan y corren la siguiente carrera. Sus esqueletos parecen árboles, parecen brontosaurios reconstruidos. Radiografías de San Sebastián.

Suelo atenderlos yo, porque hablo español y la mayoría son mexicanos. Mi primer jockey fue Muñoz. Dios. Me paso el día desvistiendo a la gente y no es para tanto, apenas tardo unos segundos. Muñoz estaba allí tumbado, inconsciente, un dios azteca en miniatura, pero con aquella ropa tan complicada fue como ejecutar un elaborado ritual. Exasperante, porque no se acababa nunca, como cuando Mishima tarda tres páginas en quitarle el kimono a la dama. La camisa de raso morada tenía muchos botones a lo largo del hombro y en los puños que rodeaban sus finas muñecas; los pantalones estaban sujetos con intrincados lazos, nudos precolombinos. Sus botas olían a estiércol y sudor, pero eran tan blandas y delicadas como las de Cenicienta. Entretanto él dormía, un príncipe encantado.

Empezó a llamar a su madre incluso antes de despertarse. No solo me agarró de la mano, como algunos pacientes hacen, sino que se colgó de mi cuello, sollozando "¡Mamacita, mamacita!". La única forma de que consintiera que el doctor Johnson lo examinara fue acunándolo en mis brazos como a un bebé. Era pequeño como un niño, pero fuerte, musculoso. Un hombre en mi regazo. ¿Un hombre de ensueño? ¿Un bebé de ensueño?

El doctor Johnson me pasaba una toalla húmeda por la frente mientras yo traducía. La clavícula estaba fracturada, había al menos tres costillas rotas, probablemente una conmoción cerebral. No, dijo Muñoz. Debía correr en las carreras del día siguiente. Llévelo a Rayos X, dijo el doctor Johnson. Puesto que no quiso tumbarse en la camilla, lo llevé en brazos por el pasillo, estilo King Kong. Muñoz sollozaba, aterrorizado; sus lágrimas me mojaron el pecho.

Esperamos en la sala oscura al técnico de Rayos X. Lo tranquilicé igual que habría hecho con un caballo. "Cálmate, lindo, cálmate. Despacio... despacio." Se aquietó en mis brazos, resoplaba y roncaba suavemente. Acaricié su espalda tersa. Se estremeció, lustrosa como el lomo de un potro soberbio. Fue maravilloso. 


***


Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino. Este cuento está incluido en Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara, 2016).

Lucia Berlin nació en 1936. Publicó sus primeros relatos a los veinticuatro años en The Atlantic Monthly y en la revista de Saul Bellow y Keith Botsford, The Noble Savage. Escribió de manera esporádica hasta los años ochenta y, tras la insistencia del poeta Ed Dorn, decidió publicar su primer volumen de relatos, Angels Laundromat. Sus historias se inspiran en sus propios recuerdos: su infancia en distintas poblaciones mineras de Idaho, Kentucky y Montana, su adolescencia glamurosa en Santiago de Chile, sus estancias en El Paso, Nueva York, México o California, sus tres matrimonios fallidos, su alcoholismo, o los distintos puestos de trabajo que desempeñó para poder mantener a sus cuatro hijos: enfermera, telefonista, limpiadora, profesora de escritura en distintas universidades y en una cárcel. Berlin publicó seis libros de cuentos pero casi toda su obra se puede encontrar en los volúmenes Homesick: New and Selected Stories (1990), So Long: Stories 1987-1992 (1993) y Where I Live Now: Stories 1993-1998 (1999). Su relato de cinco párrafos "Mi jockey" ganó el Jack London Short Prize de 1985. En 1991 fue galardonada con el American Book Award por Homesick. Falleció en 2004 el día de su cumpleaños.

lunes, mayo 2

Caetofobia


San Savino es un pueblo de 89 km2. Es tres veces más pequeño que Quito y catorce más que Roma. Está en Toscana, en medio de campos de olivos, girasoles e hileras de viñedos. Emilia recoge los racimos junto a cuatro hombres  —barbas tupidas, camisetas de algodón y pieles bronceadas—. Cuando se sienta junto a ellos en la mesa —la recompensa por la  jornada de vendimia es mucha pizza y mucho vino— nota que las camisetas están sudadas y se transparentan. El más joven decide sacarse la suya. Déjà vu. Cuando Emilia estudiaba en Roma, conoció a Ascanio. Lo primero que le sorprendió fue la casi cursi simpatía con la que se ofreció a llevarla —a ella, una extraña que acababa de rentar una habitación en la casa de su madre— a comprar un computador. Era su primera semana en la ciudad y aún no dominaba el arte de viajar en “la metro” romana, así que la oferta fue indeclinable. Al menos, ese argumento usó para decirle/decirse que aceptaba su propuesta. La verdad es que lo primero que le sorprendió de Ascanio no fue su simpatía. Si Miguel Ángel hubiera nacido en este segundo milenio, no hubiera esculpido un David, sino un Ascanio. Una vez en Euronics, ya no le importó una mierda el computador. Escogió el primero que el dependiente les recomendó. “Este es el puerto FireWire”. Emilia miraba las mechas rubias y onduladas que rozaban la mandíbula de Ascanio. “Así descarga directamente lo que filme”. Sus ojos celestes se detenían en sus labios. La piel, con un bronceado por el que Donatella Versace mataría, relucía, sin vellos que la opacaran, debajo de la camiseta Dolce e Gabbana. “El lector de tarjetas reconoce...” Ascanio se pasó la mano por el cabello. Sonrió. Y le hizo ese escaneo que, ya Emilia lo aprendería, todo italiano dominaba: desvestir mental, lenta y minuciosamente a una mujer y hacerle pensar que esa lamida visual es el acto más dulce e inocente, y que es la mujer la que ve una connotación sexual inexistente en el gesto. Naturalmente, Ascanio y Emilia empezaron a salir, pero pocos meses después se alejaron. ¿Cómo pudo suceder? ¿Cómo Emilia perdió la atracción sexual por una bestia como esa, que podía tirarla hasta hacerla sentir como Mesalina, que le hacía surfear un sofisticado catálogo de posiciones sexuales sin que se sintieran como acrobacias, sino como si él fuera un maestro de origami y ella el maldito papel? Sobre el asunto que eventualmente provocó su ruptura, Emilia dice que al inicio no le molestaba. Dice, de hecho, que le encantaba y que no le resultaba una novedad chocante. Una de las primeras cosas que vio en la TV italiana fue un espacio de dating. Para las mujeres, la pregunta de rigor era si les gustaban los hombres depilados. La mayoría respondía “sí”. Emilia está de acuerdo, la sensación táctil es extraordinaria, dice. La lengua, al recorrer pecho, espalda, nalgas y vecindarios aledaños, no atrapa ningún vello que luego se clave en la boca como alambre, provocando —mientras uno se lo saca— un cortocircuito en el encuentro. Y los fluidos realmente fluyen sobre él, Emilia resalta. Queda claro. Ella no tenía problemas con su depilación completa. Ni con su piel, mejor hidratada que la suya. Ni con su bronceado perfecto, producto de una cita semanal en el centro estético. Después de todo, cuando el otoño empieza, la gran mayoría de italianos mata para mantenerse abbronzati. Empezó a joderle la cosa cuando en su cita semanal en Hair Trends, local solo para hombres, donde le daban a su barba ese aspecto descuidado que les tomaba más de 40 minutos lograr, lo convencieron de depilarse también las cejas. Y no le jodió por considerarlo una práctica femenina o amanerada, sino porque el resultado fue un puñetazo a la estética. Además, el gimnasio y especialmente el centro estético, se habían convertido en su gentlemen's club. Y Emilia siempre ha odiado esos sitios —y a quienes los frecuentan—, donde los hombres se reúnen para comparar quién tiene el halo de testosterona más grande. De repente empezó a extrañar a los malditos pelos, chuecos y punzantes, propios de cualquier hombre que no fuera naturalmente lampiño. Y ahí entró en escena Felice. Emilia fue al bar donde él trabajaba con un tipo del que no recuerda el nombre. Felice era una versión desmetrosexualizada de Ascanio. Por el corte en “v” de su camiseta, Emilia pudo ver un mechoncito de vellos. Fue demasiada tentación. “¿Qué quieren pedir?” El tipo pidió algo. Ella, vodka con Red Bull. Felice era un bartender áspero; grosero, diría quien no conociera a los romanos. Echó muy poco de la lata de Red Bull que Felice —toscamente y clavándole los ojos— dejó en frente suyo junto al vaso de vodka. Se apresuró a beberlo ante la mirada perpleja del tipo. Enseguida se levantó hacia la parte de la barra donde estaba Felice y puso su vaso vacío en frente de él. Con tono molesto le dijo que le había sobrado Red Bull y exigió más vodka. Felice la miró aún más perplejo que el tipo, pero luego tomó una botella de Sky y llenó su vaso. Emilia volvió a su asiento sin agradecerle. Al tipo no se le ocurrió mucho más que decir durante los próximos minutos, así que ella se levantó al baño y llevó su bolso. Apoyada en el lavamanos escribió una nota para Felice en una hoja de la guía Lonely Planet Roma que siempre llevaba con ella. Aún no sabía su nombre, así que simplemente le agradeció por el vodka extra, puso su número y firmó. Arrancó la hoja y la metió en su bolsillo. Cuando volvió junto al tipo, le dijo que pediría la cuenta. Fue hasta donde Felice. Él le entregó la cuenta; ella le dio la nota y le pidió que no la abriera aún. Durante algunos meses, Emilia fue al bar las madrugadas en las que Felice trabajaba (le había mandado un mensaje a su celular cuando el tipo y ella aún no llegaban al estacionamiento del local). Cuando este cerraba, iban a su apartamento. Tenían sexo, ordenaban algo de comer, dormían, tenían sexo otra vez, hasta que Emilia se quedaba dormida sobre el pecho sin depilar de Felice, ensortijando su vello púbico, que era corto, porque él —como tantos hombres latinoamericanos— no se depilaba, pero sí lo rebajaba. Y eso hacía que Emilia se sintiera un poco en casa.


***


Este cuento forma parte del ebook Borrador final, publicado por Suburbano Ediciones.

Marcela Ribadeneira (Ecuador, 1982) nació en Quito. Es escritora, crítica de cine y artista visual. Estudió dirección cinematográfica en Scuola Internazionale di Cinema e Televisione (NUCT), en Roma. Ha colaborado con el periódico británico The Guardian, diario El Comercio, Cartónpiedra y para revistas como Mundo Diners y SoHo Ecuador. Actualmente dirige la agencia de servicios editoriales La línea negra. Sus textos han sido incluidos en antologías como Microquito I, Ciudad Mínima II, GPS y La invención de la realidad. Es también autora del libro de relatos Matrioskas (2014).

martes, marzo 15

El escritor fantasma: redescubriendo a Marcelo Chiriboga

Cortesía de la Fundación Marcelo Chiriboga

A mediados de los 90, un equipo de reporteros mexicanos viajó a Ecuador para continuar una serie de entrevistas a los grandes escritores del boom latinoamericano. Comandados por Julio César Langara, los mexicanos arribaron en busca del escurridizo Marcelo Chiriboga, quizás el mejor de todos los autores de ese ambiguo grupo. Pero nada más llegar al país se dieron cuenta de que su tarea sería más complicada de lo que habían imaginado. De Chiriboga nadie sabía nada, mucho menos de sus libros.

Como buen periodista, Langara decidió salir del aprieto visitando el lugar donde se desarrolla la obra maestra de Chiriboga, la novela La línea imaginaria, y armar un programa con las sobras que encontrara en el camino. Fueron a explorar el antiguo territorio amazónico de Ecuador y, cuando parecía que la solución a sus problemas aparecía, se encontraron en medio de fuego cruzado. Literalmente: la guerra del Cenepa había comenzado. Así, Langara y su equipo, como soldados inexpertos y extraviados en tierra de nadie, revivieron sin quererlo la trama del famoso libro.

Esto lo cuenta Langara en el nuevo documental del cineasta ecuatoriano Javier Izquierdo, Un secreto en la caja. Con entrevistas a quienes lo conocieron, entre ellos su hija Sofía, esta película cuenta la azarosa vida del invisible autor. O, más bien, habría que decir fantasma, porque Marcelo Chiriboga fue indudablemente silenciado y dado por muerto por la mezquina intelligentsia de su propio país.

Nacido en 1933 en las faldas del Chimborazo, Chiriboga fue hijo de Bartolomeo, un militar retirado, y de Beatriz, quien provenía de una familia de antiguos terratenientes. Tuvo dos hermanos, Eloísa y Antonio, quien murió en la guerra del 41 —un tema, el bélico, que ocuparía un lugar central en la obra del futuro escritor. Ya de adulto, Marcelo trabajó como periodista para el diario quiteño El Comercio hasta 1962, cuando se unió brevemente a los guerrilleros del grupo Toachi. Su incursión en la lucha de clases provocó la escritura de Diario de un infiltrado y su exilio europeo. Pero Chiriboga no escogió París, como otros intelectuales de su generación, sino Berlín oriental, es decir, la parte comunista.

Durante su estancia en Alemania, Chiriboga escribió La línea imaginaria, que fue publicada por la editorial Terra, dirigida por el capo literario Alberto Castellet. Casi por la misma época, su libro de cuentos Jardín de piedra ganó el prestigioso premio de la Casa de las Américas. La creciente fama mundial de Chiriboga, sin embargo, era inversamente proporcional en Ecuador, donde el presidente Velasco Ibarra prohibió la edición de sus obras y personalidades de la cultura oficialista, como Benjamín Carrión, Guayasamín y Jorge Enrique Adoum, calificaron a su obra como traición a la patria y lo acusaron de ser un invento de otros escritores. Por si fuera poco, se le prohibió el ingreso al país.

Mientras tanto, Chiriboga se casó con la actriz alemana Remi Lowenstahl, con quien tuvo una sola hija, Sofía, quien hoy es una artista visual residente en Nueva York. A su boda asistieron, entre otros, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, quienes en un confuso episodio terminaron a los golpes. Hannes Krug, amigo de Chiriboga, confiesa en el documental que el motivo de la pelea fue la captura del escritor cubano Heberto Padilla por orden del dictador Fidel Castro.

Años después, Chiriboga se mudó finalmente a París, donde sucumbió ante el alcohol y escribió La caja sin secreto, quienes algunos califican como una dura crítica a los años del boom. Durante la corta presidencia de Jaime Roldós, se le permitió la entrada al país a Chiriboga, pero, en lugar de ser triunfal, su regreso coincidió con el agravamiento de una enfermedad que lo aquejaba desde París y la guerra de Paquisha, y culminó con la reclusión voluntaria en la casa de su hermana. Allí, Chiriboga continuó escribiendo maniáticamente hasta su muerte en 1990 a los 57 años, pero sin publicar una sola página.

Entrevistado por Joaquín Soler Serrano para su programa "A fondo" (en el que, dicho sea de paso, aparecieron Rulfo, Borges, Cortázar, Dalí, Polanski, etc.), Chiriboga dejó un breve consejo para los jóvenes: que escriban como si no tuvieran un país. Esa fue la receta para la gloria de un escritor fantasma, perfecto representante de un país imaginario de nacimiento. Que el documental de Javier Izquierdo sirva de ahora en más como punto de partida para recuperar la vida y obra de quien mejor supo interpretar ese malentendido llamado Ecuador.