lunes, marzo 20

Solange Rodríguez: "Elegir la docencia es dejar el cinismo"

POR NELLY MARRIOTT

La escritora Solange Rodríguez Pappe (Guayaquil, 1976) nunca quiso ser profesora. De muy joven, quería ser doctora y no seguir el camino de su padre: un profesor que disfrutaba de su trabajo. Veinte años después, sin embargo, piensa diferente. Como académica, en febrero del presente año ganó el premio Matilde Hidalgo en la categoría de Arte y Cultura. Este reconocimiento está dirigido a docentes que hayan contribuido con méritos al arte nacional y posean una trayectoria admirable y de inspiración. Rodríguez es cuentista, cronista y gestora cultural; ha publicado seis libros: Tinta sangre (2000), Dracofilia (2005), El lugar de las apariciones (2007), Balas perdidas (2010), Caja de magia (2013), y La bondad de los extraños (2014). Aparece, además, en varias antologías internacionales. En el 2010 obtuvo el premio Joaquín Gallegos Lara en la categoría de cuento.

Solange Rodríguez es considerada una figura destacada de la ficción latinoamericana según la universidad de Louisville, Kentucky. Ella fue invitada por esta universidad para participar en la "Conference on Literature and Culture" que se hace desde 1990, donde participan alrededor de cuatrocientos escritores y críticos literarios de todo el mundo. Rodríguez también dirige talleres literarios y es gestora en diferentes espacios de la ciudad de Guayaquil. Ha sido invitada para representar a Ecuador en varias ferias del libro, entre ellas las de Guadalajara, Buenos Aires, Santiago de Chile, Lima, Bogotá y La Habana, aparte de las de Quito y Guayaquil.

"La docencia es una investigación y la investigación es un alimento permanente de la escritura. Todo va de la mano", señala Rodríguez. Ella llegó a la cátedra por la comunicación y por financiar la carrera universitaria que cursaba, en literatura. Actualmente, piensa que la docencia es un camino de aprendizaje y rejuvenecimiento para quien lo imparte. Menciona que su aspiración es ser coherente, no llevar una bandera de posición moral, política, social o de buena conducta. Más bien, se considera una persona entusiasta, lo que equivale al amor por lo profundo y radical, y en este caso, amor a lo que hace. "En este camino he conocido, por ejemplo, a maestras unidocentes que viajan horas todos los días para trabajar con 60 alumnos en un espacio pequeño. Sé de profesores que ayudan a que sus alumnos sean sensibles y se conmuevan con el arte aunque sus recursos sean limitados. Esos son docentes loables, gente que merece mi absoluto respeto", indica la galardonada. 

Para la escritora fue una sorpresa recibir el premio y menciona que se siente afortunada de estar asociada a la figura de Matilde Hidalgo puesto que la considera una mujer formidable y valiente. "Creo que hay personas con una enorme obra y trayectoria que lo merecerían cien veces más que yo, pero los premios son eso, obra del azar. Esta vez me tocó a mí". Solange Rodríguez recibió este premio por su creatividad, su innovación y su excelencia en la educación superior que fue calificada en distintas evaluaciones por parte de sus alumnos. 

Entre sus últimos proyectos académicos está la materia que dicta en la Universidad de las Artes en Guayaquil, se llama "Lectura y Escritura del Relato". Invitó a sus estudiantes a involucrarse con la tradición de narrar historias volviendo al sistema del cuento original, que es expresar en voz alta una historia que se destaque por su carácter anecdótico. Este ejercicio se desarrolló en un centro literario abierto al público. "Se trata de, en lugar de escribir, contar. El acto de escuchar activa partes del cerebro donde están los recuerdos, que no se activan con la lectura", indicó la escritora. En este evento, varios de los alumnos contaron, desde su propia experiencia, ficciones que han estado con ellos durante toda su vida. Historias de fantasmas, de hadas y duendes, eventos sobrenaturales que han sido trasmitidos por sus mayores de generación en generación. Uno de sus estudiantes comentaba que al principio se sentía incómodo al estar frente a un público contando las historias de su abuela, pero Rodríguez remarca que "el aprendizaje está para incomodar, para sacarte de tu zona de comodidad donde no estás experimentando nada nuevo". Al final, las sonrisas con las que culminaban los jóvenes demostraba el éxito del ejercicio y la creatividad e innovación con las que la premiada dirige sus asignaturas. 

Solange Rodríguez señala que todos los días, en la profesión como maestra, es consciente de la brecha generacional que existe entre ella y sus alumnos, y el temor es que algún día esa brecha sea tan enorme que se vuelva insalvable. No obstante, piensa seguir trabajando con sus estudiantes, ya que los considera sus pares, y abrir un grupo de investigación para examinar y documentar el cuento ecuatoriano. "Elegir la docencia es dejar el cinismo que viene con la edad y volverse un humanista. Creo que es de valientes y de personas con un corazón y una convicción enormes de que el futuro no nos puede traer más que cosas mucho mejores". También menciona que desde este momento de su vida presiente que aún falta mucha más escritura y movimiento. Por este motivo, espera lanzar este año una antología personal de sus relatos.

Solange Rodríguez Pappe trabajó como profesora de literatura en el colegio Liceo Los Andes y luego en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, donde también dio clases de comunicación social. Continuó sus estudios de cuarto nivel en la Universidad Andina de Quito con una especialización en literatura fantástica. Actualmente, trabaja como docente de tiempo completo en la Universidad de las Artes. 
Fotografía de Amaury Martínez

El giro místico de Coetzee

Los días de Jesús en la escuela, de J. M. Coetzee. Literatura Random House, 2017. 256 páginas.

A pocos escritores se les ocurriría comenzar la continuación de una novela con una frase del Quijote donde se dice que nunca las segundas partes fueron buenas. J. M. Coetzee lo hace. Más que una advertencia, es una treta. La cita está, por supuesto, en la segunda parte del clásico de Cervantes, en medio de un diálogo en el que Sancho Panza, Sansón Carrasco y Don Quijote discuten sobre el libro que narra sus aventuras y del que el autor promete una secuela si es que logra encontrar más material. Tanto el escritor español como el sudafricano imponen así una distancia irónica, un quiebre cómico del contrato de la ficción y, por lo tanto, una consciencia de la lectura.

No está de más recordar que en Los días de Jesús en la escuela, así como en su predecesora La infancia de Jesús, la novela de Cervantes tiene una presencia clave. David, el niño protagonista, aprende a leer con una versión infantil del Quijote —aunque luego se sospeche que en realidad no lo ha leído, sino que solo ha interpretado las ilustraciones. Lo extraño es que Coetzee le sigue el juego a Cervantes y le da la autoría a Cide Hamete Benengeli. Otra vez, es un recordatorio para tomar distancia, pero también puede ser visto como un rasgo que define a los personajes. David es un refugiado que llega en barco a la ciudad de Novilla; durante el trayecto, un hombre de mediana edad llamado Simón lo ha tomado bajo su cargo. En la ciudad —donde se habla español y les asignan sus nombres actuales— se unen a Inés, quien podría o no ser la madre de David. La primera parte de esta historia termina con la familia huyendo de Novilla porque las autoridades quieren internar a David en un centro de educación especial. En la segunda, llegan a Estrella, una pequeña ciudad del interior, donde David retoma su educación. Toda la población de Novilla y de Estrella ha hecho ese viaje en barco, pero nadie recuerda de dónde viene ni les importa averiguarlo. Son gente sin pasiones, sin apetitos, que se alimenta de pan y agua. El nuevo país es una especie de utopía (Novilla = no villa = no lugar) habitada por robots biempensantes. Así, no sorprende que se lea el Quijote y, tomándoselo literalmente, se crea que su autor es Benengeli.

¿Qué tan en serio hay que tomarse este libro? Coetzee parece decir que no tanto. Por el título de las dos novelas, es de suponer que el nobel sudafricano sigue con su procedimiento de reescribir otros libros, en este caso los evangelios. Hay una huida por una tierra desierta y un censo en el que David no participa, pero poco más sostiene la presunta alegoría. Hay claves, sí, pero Coetzee también parece decir que está jugando con el lector y que, en lugar de descifrar el significado del libro, uno debe apreciar la historia y las ideas que la mueven. Davíd (en esta segunda parte su nombre lleva una tilde aparentemente intencional, aunque la traducción se la quita) cree tener poderes y dice que recuerda su vida pasada, pero nada de esto se confirma. Si no fuera por eso y porque se niega a pronunciar su verdadero nombre, Davíd es más un niño mimado con dificultades de aprendizaje que una encarnación de Dios.

Dejando de lado la anomalía que es Desgracia, la obra de Coetzee había avanzado casi hasta un punto muerto cuando publicó Diario de un mal año en 2007. Su carrera literaria, basada en la desconfianza del realismo, en la reescritura, en la autobiografía velada y en la experimentación formal, llegó a su culminación metafórica en 2009. Ese año se publicó Verano, la tercera parte de sus memorias, presentada como la preparación que hace un tercero de la biografía de Coetzee, que para entonces ya ha fallecido. Después de agotar una línea y de matarse a sí mismo, el sudafricano regresó con estas dos parábolas en apariencia huecas cuyos hilos conductores son los diálogos de corte socrático. Si queda algo de intención autobiográfica, podría ser la pregunta, tras la experiencia de mudanza a Australia, por la vida en la mejor de las sociedades posibles. Pero el tema real quizás sea la la vida después de la muerte. El olvido y el viaje en barco ya están en la mitología griega: al Hades se llega navegando por el río Lete, que provoca la pérdida de la memoria para que las almas puedan reencarnarse.

La danza que aprenden Davíd y Simón en una academia, remite al sufismo, la inclinación mística del islam. En la novela no se la describe mucho, pero es sin duda una meditación activa, una aproximación a lo sagrado como la de los derviches que con sus movimientos circulares reproducen el de los planetas en órbita alrededor del sol. El profesor de la academia, el señor Arroyo, explica que esta danza no debe ser necesariamente bella ni perfecta, sino poseer alma, y su fin es “invocar a las estrellas”. Y agrega que hay además estrellas errantes que no siguen una lógica, que son como niños que no saben aritmética. No debe sorprender, entonces, saber que en la antigüedad se llamara “estrellas errantes” a los planetas. Davíd, el niño que no comprende la aritmética, logra la comunión con las estrellas. Al final, le toca a Simón —quizás el verdadero protagonista del libro, el hombre en busca de alma— dejar de lado la razón y confiar en la danza para recuperar su esencia y recordar su vida pasada.

Coetzee hace que sus personajes apuesten por una versión del arte como intuición y fe para aprehender el universo. No hay que entenderlo todo, ni siquiera esta novela. Pero cada tanto hay una nueva pista para recordar que no es una narración insignificante. Pistas como esta: a Davíd se le ocurre tender un lazo entre la orilla de la vida y la de la muerte, entre una existencia y otra, para comunicar ambos mundos. Ése sería el final del olvido, todos sabrían quiénes son en realidad y serían felices. Es una descripción de lo que les ha pasado a los personajes como refugiados y también es una metáfora de la literatura. Porque las historias sirven para, como quiere hacer Davíd, unir el pasado con el futuro. Las historias sirven para la eternidad, cuando la memoria se pierde y no hay nada que recordar excepto la historia.

martes, marzo 7

Configuración poética de lo ancestral

Primavera nuclear andina, de Agustín Guambo. Difusión A/terna Ediciones, 2017.
POR AMANDA PAZMIÑO


"Plaqueta - Incentiva a la relectura donde el capitalismo depreda nuestros días relegando la actividad introspectiva de una lectura a un lugar cada vez más periférico". Esto se lee en la contratapa interior de las ocho plaquetas que forman parte de "Expansiva: Colección de nueva literatura latinoamericana 2017" y que fueron presentadas en el II Festival de Poesía de Quito "Lectura de un Kaníbal Urbano". La editorial a cargo de esta colección es Difusión A/terna Ediciones, compuesta de Juan Manuel Corbera y Nadia Sol Caramella.

Son ocho publicaciones de formato breve pero de contenido denso, lo que permite tirajes más largos por costos menores. A diferencia de un libro común, la plaqueta cabe en un bolsillo y su cubierta es blanda. La colección "Expansiva" contiene voces de poetas jóvenes de Latinoamérica que determinan un territorio de enunciación desde la fluctuación y confrontación de sentidos que provoca la realidad en cada una de sus esferas y coyunturas. Ante ello se genera un frente de lucha y se evidencia un proceso de construcción de identidad.

Primavera nuclear andina, la plaqueta del ecuatoriano Agustín Guambo, funciona como un sistema de coordenadas en el cual es posible acceder a la dimensión ancestral de los indígenas a partir de su cosmogonía y lenguaje, sistemas que están tallados con belleza sideral y que  afirman su trascendencia. Se lee: "porque en las noches me levanto para ver si has reencarnado del polvo de mis manos pampachamuni apullay uyahuanquichu, manachu?" En esta pregunta se advierte una confrontación ante el desamparo; quiere decir: "acá, arrodillado, te imploro apu, ¿me escuchas?" Las frases en quichua fueron tomadas de las canciones del rapero peruano Pedro Mo.

En esta plaqueta están sujetos el mito y la ceremonia, y se concentran los tres tiempos del hombre. El presente de enunciación está entre los milenios 3000 y 5000 del calendario andino, desde el cual se proyectan escenarios en que la naturaleza manifiesta su presencia apoteósica y se registra una humanidad enferma:

período ancestral 3021 aún la noche no eclosiona en la brea salvaje del océano
ni el viento ha cambiado su cálido plumaje –mis hermanos de lepra-todos duermen-todos olvidan- en tanto me alejo de las ruinas del insectario urbano escucho a madre cantar machinehead contra este mar abaleado y sin fe que es mi corazón...

La propuesta de Primavera nuclear andina se da en una clave plástica en que la disposición y forma de las palabras ejercen un efecto directo en su significado. Se lee, por ejemplo:

¡ o b s e r v e n   a   l o s   p r o f e t a s  d e   l a s  c a l l e s  !
limosneros ancestrales de pecho desnudo budas
urbanos llenos de verde y
F r e s c a   l u z   e n   s u s   m a n o s   a r d e   e l  c a os

El tono de la voz poética conjuga subversión y filosofía. Busca construir un lenguaje que configure la expresividad del origen de lo andino, genera advertencias, critica y contrapone las tecnologías de los ancestros que conocían el valor de lo natural con las tecnologías del presente. Sigue una línea hegeliana: "El hombre no es inmutable, sino hijo de su tiempo y de su comunidad".

Esta escritura crea un diálogo con el lector a partir de su testimonio, es recursiva en cuanto a sus signos de puntuación, integra guiones, corchetes que son acotaciones cuyo contenido es, claramente, más irruptivo que lo que se dice directamente. Su discurso proviene de las fibras más internas del Yo, incluso de un Yo colectivo que ejerce una resonancia en el lector y desarrolla la narración de su devenir, de su verdad:

[[ era el siglo cuando los lotos floreciendo en el
vientre de dios cobijaron a los desertores del otoño
entonces caminaba desdichado entre nubes
violetas   cargado de cicatrices, peste y polvo
abrazando ángeles ciegos y alegres...]]

En el único pie de página se plantea lo siguiente en una tipografía menor: "Aquí no hay poesía, tan sólo violentada carne creciendo entre los Andes... Pachakamac borda el mar que te trajo la muerte borda el dios que te trajo el olvido   Pachakamac sobre ésta, tu tierra violada, ya nadie reza tus credos ni asiste a tus ritos  Pachakamac todxs hemos sido violados pero no todxs lo disfrutamos".

Y como respuesta a la descripción de la violencia marcada se lee: "Pachakamac en esta ciudad páramo la aurora de nuestros muertos se cicatriza como un coral de nácar en el pecho de los condenados a recolectar caracolas mutiladas… donde el sueño eterno de dios es una  c o n s t e l a c i ó n   d e   a g u a   e v a p o r á n d o s e".

domingo, marzo 5

Cabeza contra cabeza

POR NELLY MARRIOTT

El nombre nace como un adjetivo provocador, un palíndromo fonético. Significa frente a frente, una cabeza contra otra. Cecilia Velasco, fundadora y editora de la nueva revista cultural tête-à-tête, descubrió que, por derivación, también se refiere a un sofá para dos con respaldares opuestos. Ella dice que “la idea es (hac)ser(se) 'afrancesado', con la ironía y el cinismo de reconocerlo”.

Tête-à-tête sugiere utilizar todo lo sensorial para captar las diferentes expresiones del arte. La primera edición, llamada #0, fue lanzada el 16 de enero del presente año y las reacciones que tuvo el público fueron preguntas estimulantes con mucha apertura. Para leer la revista se necesita paciencia, ir desplazándose de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba. No solamente hay textos sino también imágenes y videos. Para que los lectores puedan absorber todo el contenido, sin embargo, deben contar con un servicio de internet veloz; esto es por la gran cantidad de información que incluye el audio y lo visual.

Tras el lanzamiento, su fundadora espera recibir más comentarios, artículos de desconocidos, obras de arte singulares. Colaboraciones que se caractericen, según Velasco, por tener la suficiente sustancia como para permitirse parecer inocuas. "Ansiamos alguien que fotografíe o haga moda desde un sentido contestatario, pero de valor estético. No nos estorba la frivolidad de la moda, pero tampoco creemos que sea patrimonio de élites conservadoras". Además, por supuesto, espera atraer auspiciantes.

La edición #1, lanzada el 24 de febrero, confirma la postura que Cecilia Velasco propuso desde el inicio de la revista. Esta segunda publicación reúne a artistas mujeres, no solo en poesía, como Carmen Váscones, sino también en música, como Paola Proaño. En lo audiovisual, presentan un flashback de celebridades llamado The Blondies Project, realizado por María Dolores Sevilla. También, un texto sobre la película Alba, de la cineasta Ana Cristina Barragán, y pinturas de la artista plástica Paula Barragán.

¿Cómo se inició Tête-à-tête? Cecilia Velasco cuenta que fue un arranque de ideas y diatribas que nacieron de la frustración, pero resultaron en propósitos y obras. Aunque armar la página web fue lo que más tiempo consumió: el proceso duró alrededor de dos meses, los últimos de 2016. Las primeras colaboraciones que llegaron fueron las de la artista visual Pilar Flores y las de la fotógrafa Marcela García. "Una vez editado el vídeo promocional y ajustado detalles, lanzamos la página", mencionó Cecilia. Asegura que el fin no es la urgencia por generar contenido, sino la búsqueda de material para ser releído.

El diseño de la página principal es novedoso: el índice o tabla de contenidos está fusionado en una especie de prefacio editorial. En el índice aparecen también enlaces que conectan a otras páginas relacionadas con los temas tratados. "La parte digital es un trabajo artesanal pero costoso aún. Si resiste la metáfora, somos como los copistas medievales que no sabían que ya existía la imprenta", agrega Velasco.

El financiamiento inicial se dio a través del sitio web Indiegogo, donde se permite promocionar una idea creativa publicando la cantidad de dinero que se requiere. En internet se puede lograr con más facilidad lo que antes era imposible: convertirse en un medio de transmisión de ideas de la noche a la mañana y en este caso con quinientos dólares. Luego, las colaboraciones fueron auspiciosas, y  el capital inicial se consiguió en poco tiempo. Sin embargo, la revista no tiene asegurado su futuro, lo recaudado en Indiegogo servirá para los próximos doce meses. Los colaboradores, por lo pronto, donaron su creatividad.

La revista busca a gente cuestionadora pero sin complejos para reactivar las inquietudes y generar el diálogo sobre los temas propuestos. Se intenta rescatar la crítica literaria y artística de los grupos convencionales con fuerza patriarcal. Y se busca que este medio digital refleje el feminismo como un signo de modernidad y humanismo. Tête-à-tête, desde su contenido, su diseño y su estructura, es un proyecto ansioso por exponer a escritores y artistas contemporáneos dirigidos a un espacio plural.

sábado, diciembre 10

La gran novela ecuatoriana (for export)

The revolutionaries try again, de Mauro Javier Cárdenas. Coffee House Press, 2016. 296 páginas.

Hay un síndrome que el escritor y ensayista Leonardo Valencia encuentra en la tradición novelesca de la literatura ecuatoriana, aquella que recae, como un axioma, sobre el escritor y le endilga la obligación de tener que representar al país. Por décadas, dice Valencia, esta expectativa fue un lastre para la literatura del país hasta que nuevas generaciones forjaron nuevos horizontes que la liberaron de tan patriótico deber. A la reciente novela de Mauro Cárdenas, The revolutionaries try again, se la puede caracterizar de múltiples maneras, pero jamás se la podrá acusar de poseer dicho síndrome, aunque por razones distintas a las soluciones cosmopolitas propuestas por Valencia. La novela de Cárdenas sí es un intento de postular un país, pero en su configuración y relaciones escapa del modelo marxista y socialista que impugna Valencia, para sumergirse en una nueva constricción diseñada desde la progresía biempensante americana. 

La novela cuenta una desazón en la cual la elite social se ha convertido en víctima de sus propias condiciones. Antonio, el protagonista, vive una suerte de autoexilio en San Francisco, California; apenas se graduó de un colegio jesuita de Guayaquil se fue a estudiar a Stanford y lleva doce años sin regresar al país. Un día recibe una llamada de Leopoldo, su mejor amigo de la adolescencia, y éste lo convence para reavivar los viejos sueños juveniles de transformar el destino del país. El plan ¿revolucionario? es formar un equipo capaz de competir en las próximas elecciones presidenciales. La novela desarrolla ese regreso a Ecuador con intermitentes retrospecciones a una juventud signada por el compromiso evangelizador de la militancia apostólica y el peso ético de una endeble vocación de servicio. El apotegma “How are we to be Christians in a world of destitution and injustice?”, sentencia y eco, se reitera como un mantra para que todo buen hombre nunca pueda olvidar “the existence of evil and the misery of human condition”. Desde este planteamiento la narración se enfrasca más en indagar las semillas de una determinación cristiana (o de cualquier moral exacerbada), que constituye a los individuos en sujetos políticos inoperantes (sin llegar a reflexionar sobre esto), que en plantear un nexo eficaz con la compleja red de estructuras y tensiones sociales. 

La novela ofrece distintas experiencias individuales: Leopoldo, Antonio y Rolando, aparte de antiguos compañeros de colegio, son las principales voces en las que la narración recae, saltando de los recuerdos estudiantiles a las frustraciones del presente. Pero esta apuesta por el individualismo —el enfoque sobre el intento y el fracaso de las voluntades personales— es solo aparente en tanto se reblandece por dos defecciones: a las expresas elusiones de los viejos temas literarios y a la heterogeneidad que implicaría la utilización de múltiples voces.

La primera consiste en la recaída que hace la narración en representar un paisaje subderrollado acorde a la segura imaginación de Occidente. La decadencia, la pobreza  y la corrupción atraviesan toda disposición argumentativa, son ubicuas y terminan constituyendo el fundamento único de la narración. Aun cuando el propio Antonio, al intentar escribir un episodio sobre un milagro de su infancia para sus compañeros americanos y señala que rehuye de expresar las llamativas “quaint superstitions of my Third World country”, la novela misma las termina contando. Ese es el mecanismo de la obra de Cárdenas: manifestar una intención y luego traicionarla por su desarrollo inverso. Así se va constituyendo una profusión de nombres propios, de lugares y comidas que el turista norteamericano consume con asertivo exotismo. Se llega a tal punto que el lector nunca deja de saber en qué calle se encuentran los personajes; la siguiente frase es su hipérbole: “he will navigate through Pedro Carbo, Chimborazo, Boyacá, and at the crossing between Sucre and Rumichaca he will catch and ride a different bus along Víctor Manuel Rendón, Junín, Urdaneta…”, debo interrumpirla menos por economía que por respeto al lector. 

La segunda defección se debe tanto en el gran despliegue técnico de la escritura de Cárdenas como en su anquilosamiento. La novela se resguarda en una manida decantación por el modernismo que exhibe dos o tres dispositivos sintácticos cuyo efecto fuerte se diluye luego de los primeros capítulos a fuerza de constancia y predictibilidad. En su exagerada inclinación por el estilo, Cárdenas desengrana las articulaciones, las variables y las posibilidades de captar las textualidades distintivas de cada voz derivando toda caracterización en la mera presentación de temas clasistas (al pobre se le reconoce como tal por quejarse de su pobreza, al rico por quejarse de los pobres). Se despliega una constante homogeneizadora que aplana los derroteros individuales y los sustituye por la explicación material más directa disfrazada de una retórica prestigiosa. Este es el gran mérito de Cárdenas: componer la novela perfecta para la midcult californiana. Nada de esto impide, no obstante, que de tanto en tanto uno se alegre con la aparición de felices símiles criollos: “a smile that her brothers says is almost as comforting as the yapingachos of Grandpa Lucho”. 

Lo más sorpresivo de la novela, sin embargo, es la comodidad con la que se ubica en relación con la política. Aun cuando Antonio y los otros protagonistas vacilan sobre sus propios privilegios y sobre las intenciones de los actores políticos, en el ecuménico rechazo al total funcionamiento del sistema (y en su posterior huida) se construye una certeza sobre la moralidad de un país; una certeza de la que la literatura suele desconfiar. Es la tercera posición del desclasado la que la novela asume luego de esquematizar una polarización, tan básica como sospechosa, del enfrentamiento entre el representante neoliberal León y el populista enriquecido Bucaram. Una  posición moralizante y didáctica que no para de emitir juicios sobre cómo el país fue permanentemente saqueado por generaciones de políticos corruptos y por la connivencia de la política extrajera americana; y que al momento de mostrar su funcionamiento doméstico se reprueba con igual efusión caricaturesca la misoginia, el clasicismo y el racismo. Ante tal efluvio de un dramatismo etiquetado a priori con la mirada de lo abyecto, el lector se pregunta ¿es necesaria tal redundancia?

Borges, en “La postulación de la realidad”, diferencia dos arquetipos de escritor: el clásico y el romántico. El escritor clásico se limita a registrar la realidad dejando de lado cualquier desmesura expresiva mientras confía en el poder sugestivo del texto. Por el contrario, la realidad que postula el escritor romántico es de “carácter impositivo”. The revolutionaries try again es un argumento romántico. Producto del prosista profesional, la novela está diseñada para conmover esa fibra tensada por las convenciones demócratas: es el objeto perfecto para lanzar contra las murallas xenófobas y físicas de Trump. Las habilidades de Cárdenas son incuestionables y fulguran en su dimensión apostólica. El público abraza y agradece su tan honroso aporte comunitario.


Una madre en guerra

Precoz, de Ariana Harwicz. Rata, 2016. 101 páginas.

“Nací de tu culo y desde entonces apesto”, le dice a la narradora de Precoz su único hijo. Esta frase violenta contiene en parte a la novela. No toda es así, madre e hijo no se odian, o se odian pero también se aman. Unas líneas más adelante, la narradora agrega: “…se rio y se detuvo para verme. Me tomó de la mano después, pero antes nos miramos, cómo alguien puede engendrar una mirada así”.

Precoz es la tercera novela de Ariana Harwicz, una argentina que lleva varios años viviendo en una zona rural a las afueras de Paris. El dato no es casual: la literatura de Harwicz está compuesta de familias (en un sentido bastante laxo) viviendo al límite de la sociedad tanto física como mental y moralmente. En esas exploraciones fronterizas está el núcleo de su escritura. Vistas en retrospectiva, ésta y sus anteriores novelas —La débil mental y Matate, amor— forman una trilogía temática y estilística. Hay en ellas una maternidad erotizada y cruel, un debilitamiento de lo masculino, amores que se consuman con violencia, señales de la decadencia europea y, para combinar lo anterior, una prosa siempre en presente y en primera persona que a ratos pasa del monólogo al flujo de conciencia.

Aquí no hay una trama convencional sino una serie de escenas contadas por la madre. Ella y su hijo viven su “amor malsano” en una casa sin dirección en un pueblo dedicado mayormente a la vinicultura y a la ganadería. Pero en ese lugar también hay desarmaderos de autos y bloques de viviendas para inmigrantes. La narradora usa imágenes y descripciones esotéricas como ésta: “Todavía de noche, dos pájaros se elevan violentos de mi árbol y al estrellarse se matan entre sí”. Se imagina con su hijo echando aceite sobre la autopista para ver a los carros patinar y volcar. Cuando salen de compras cambian de lugar los productos y a veces roban. Otras veces van a ver al hombre casado con quien ella tiene un amorío para pasear y hacer planes o para discutir y pelear. ¿Cómo viven? Con “los ahorros de cuando mamá era mujer”. En algunas partes se asoma una vida anterior de la madre, condenada de joven a ofrecer su belleza pero ahora naufragando hacia la vejez.

“No tengo ninguna razón más que el odio”, dice la madre. Su hostilidad no es solo hacia el hombre que no la corresponde ni hacia el hijo que “no sacia”. En una visita a la comisaría, ve a una musulmana y le dice: “Está prohibido acá que se vista así, parece una bolsa de basura no una mujer”. En este caso, su rabia es más bien una defensa reaccionaria de los valores occidentales. Cada tanto asoman detalles como ése que dan cuenta de los cambios demográficos y sociales en Europa. Precoz es un raro caso en que el adjetivo “escatológico” calza con precisión. La novela se ocupa a la vez del cuerpo en su aspecto más descarnado y de la sociedad occidental en guerra, resistiendo su propia muerte. Se ha comparado a Harwicz con Virginia Woolf y William Faulkner, pero está más cerca del Rubem Fonseca de "El cobrador" o "Feliz año nuevo". Si hay que leerla en relación a algo, sin embargo, el referente más cercano por temas y estilo es el cinema du corps (cine del cuerpo, también llamado Nuevo Extremismo Francés) que mezcla horror con erotismo y lecturas políticas de la sociedad francesa.

En la trilogía involuntaria de Harwicz hay una involución de la familia, de la forma de la novela y del lenguaje. Pero así como en literatura toda vanguardia llega a un punto muerto, en la vida no es posible la libertad total. Si en La débil mental había un atisbo de redención para sus personajes, en Precoz ya no lo hay. No están en Walden, sino  en su reverso maldito. Sin punto de fuga, el único fin es morir en la batalla.