domingo, septiembre 11

J. M. Coetzee: "El mundo anglosajón ha sido barrido por una marea de histeria sobre la pedofilia"


J. M. Coetzee, el indescifrable nobel sudafricano, pasó por la reciente feria del libro de Guayaquil demostrando que detrás de su apariencia de piedra hay una persona curiosa, atenta y amable. Con una obra extensa —trece novelas y varios libros de ensayos— caracterizada por la experimentación formal, el cuestionamiento constante del realismo y la reescritura de libros de otros autores, Coetzee nunca ha dejado de pensar en su tierra, su herencia cultural y su pertenencia a la compleja sociedad anglosajona. 

En Guayaquil, Coetzee leyó una conferencia sobre la censura cuya anécdota central fue su encuentro, hace unos años, con los reportes que se escribieron durante el aparhteid sobre sus primeros libros. A partir de aquello, Coetzee pasó a reflexionar sobre la mentalidad censora y sobre las consecuencias negativas de la excesiva regulación de las actividades humanas. Otro día, el nobel leyó dos capítulos de su nueva novela, The Schooldays of Jesus —secuela de La infancia de Jesús, publicada en 2013. A continuación, las declaraciones que muy cordialmente aceptó dar a Matavilela.

Ha viajado con frecuencia a Latinoamérica en los últimos años. ¿Ha sido su paso reciente por Colombia y Argentina —y ahora Ecuador— significativo de alguna forma en particular?
Todas mis visitas a Latinoamérica han sido significativas, especialmente mis últimas visitas a Argentina, donde doy un curso en la Universidad de San Martín bajo el tema "Literatures of the South" [Literaturas del sur] —en específico, sobre la literatura de Argentina, Australia y Sudáfrica.

En la conferencia sobre la censura que dio en la feria del libro, mencionó haberse impresionado por el hecho de que sus censores en Sudáfrica fueron personas normales, educadas, la mayoría profesores de literatura que intentaban proteger los libros. Sin embargo, usted envió una solicitud para trabajar en el Directorio de Publicaciones, la institución censora, y más tarde escribió un reporte sobre un libro de William Burroughs. ¿Lo hizo con el mismo propósito que sus censores, o fue más bien una forma de comprender íntimamente las dinámicas de la censura en su país?
En un punto de su historia, y con la finalidad de proyectar una imagen más liberal, el Directorio de Publicaciones llamó al público calificado a aplicar para unirse a sus varios comités de lectores, es decir, sus comités de censores. Yo estaba convencido de que "público calificado" en realidad significaba miembros del público que compartían la mirada del régimen. Así que envié mi aplicación. Estaba evidentemente calificado: hablaba afrikáans e inglés, tenía un doctorado en estudios literarios, y demás. Mi aplicación fue rechazada, como lo había supuesto. En mi mente, eso probó que la llamada a aplicar había sido hecha con mala fe. En cuanto al caso de William Burroughs, él fue un escritor importante para mí en esa época de mi vida. Envié un memorándum al directorio solicitando que su libro El almuerzo desnudo sea admitido en Sudádrica. Una vez más, fui rechazado.

Su novela La infancia de Jesús retrata un mundo ideal pero desprovisto de pasión, casi inhumano. ¿Cree que la corrección política es perjudicial para nosotros? ¿A esto se refería cuando mencionó en su conferencia que las relaciones entre hombres y niños se han vuelto imposibles de sostener?
No quiero comentar directamente mi novela La infancia de Jesús. El comentario que hice en mi conferencia se refería mayormente al mundo anglosajón, que ha sido barrido por una marea de histeria sobre la pedofilia. Los hombres —en particular los hombres mayores— son vistos con gran sospecha cuando expresan afecto por los niños. Encuentro deplorable este desarrollo histórico.

¿Haber nacido en Sudáfrica fue circunstancial o, al contrario, decisivo para su escritura?
Si no hubiera nacido en Sudáfrica, habría sido una persona diferente y por lo tanto no estaría hoy en Guayaquil, visitando la feria del libro como escritor.

Ha dicho que toda escritura es autobiográfica. En ese sentido, ¿cuál fue el motivo detrás de la publicación de Escenas de una vida de provincias? ¿Fue una forma de protegerse de los biógrafos no autorizados y del público en general?
Hay mucha información falsa sobre mí en internet. La biografía escrita por John Kannemeyer con el título de J. M. Coetzee: A Life in Writing hizo lo mejor que pudo por corregir estos errores. Lamentablemente, el libro no ha sido traducido al español.


jueves, septiembre 8

Escribir desde las fauces

POR MARITZA CINO

Aleyda Quevedo, poeta quiteña nacida en 1972, presenta una segunda y renovada edición del poemario Soy mi cuerpo bajo el sello Libresa en su colección Crónica de sueños, el mismo que fuera publicado por primera vez en 2006. Nuestra poeta es conocedora del oficio de decantar la palabra y la existencia, y artífice de una importante trayectoria que se evidencia en sus ocho libros publicados y en numerosas antologías nacionales e internacionales en las que se proyecta como una voz contundente de la lírica.

Soy mi cuerpo es un poemario escrito y reescrito desde las fauces del cuerpo, desde los ritos del dolor y la enfermedad, donde solo es posible la redención a través de las epifánicas formas de nombrar el cuerpo, de renombrar sus síntomas, carencias y orificios.
Como mencionaba Theodor Adorno: "el arte en algunos casos es el lenguaje del sufrimiento, del dolor". El dolor y la poesía son idiomas polisémicos, elusivos y, muchas veces, difíciles de traducir. El cuerpo se torna como un escenario, siempre vulnerable, la vasija donde se originan los padecimientos y las fisuras, donde se instala la fragilidad, el dolor somatizado. El goce de ese medio decir, que es el lenguaje poético, surge como una necesidad esencial, una catarsis frente a ese acto inmovilizante.

En el poema "Música oscura", la voz poética dice: "Cuánto dolor/ tolera la suma del cuerpo / su perímetro helado/ termina los deseos". En "Esponjas": "El agua en su paciencia/ va y viene perforando el esqueleto/ La voz / solo eso queda/ con las esponjas enfermas/ y esta espalda de corcho".

Este libro tiene la singularidad de hablar en dos tiempos: el primer libro: un viaje. El segundo: soy mi cuerpo. En ambos se percibe una travesía hacia y hasta la enfermedad, acompañado de muchas imágenes con profunda invocación y aliento místico: la posibilidad de alivio, de reconfortarse y sobrevivir en su encuentro con el otro, balsámico y solidario.

En el ensayo "Un libro que se devana entre la trascendencia mística y el viaje terrenal", de Luisa Fernanda Trujillo, poeta, ensayista y docente universitaria de la Universidad Central de Bogotá, se manifiesta: "En Soy mi cuerpo se conjuga la palabra poética con el devenir existencial y cotidiano de la mujer que habita, con sus luchas y sosiegos, el cuestionamiento a la esencia y al sentido de la vida, el amor, la femineidad y la relación con el otro; de la poeta que lucha por encontrar la forma delineada en los límites corpóreos de una identidad; de los retos impuestos por la búsqueda de un lenguaje propio que la nombre. En la poesía de Aleyda, las fuerzas de tanatos y eros tropiezan en un oleaje de acantilado sobre el dolor, la enfermedad y el reencuentro renovado por los roces repetidos a golpe sobre el cuerpo, sobre las huellas dejadas en él a manera de impronta. Se percibe el tono de un yo lírico que ruega por la trascendencia; lejos de la tradición mística por encontrar el éxtasis o nirvana que libera el alma de la corporalidad que la aflige, Aleyda Quevedo se aferra a él para renovarlo en el límite de cada vivencia, sin querer desprenderse, sin el deseo de abandonarlo".

Desdoblo mi rostro
encuentro la mujer
en dos planos.
La zona de sombras habitada por murciélagos
y la de las angustias ocupada por la imposibilidad de vivir
Los días me descubren
huyendo del sufrimiento.
—Lo que soy

Julia Kristeva atribuyó a la actividad de poetizar poses sombrías. Vio en ella una actividad hecha de deseos y gestos desesperados, que viaja hacia lo indecible y que nace de rimar los lutos del lenguaje. "El deseo es que las palabras se abran como flores". Al respecto, sostiene la poeta María Negroni: "En el umbral de la nominación, el poema elige una desgracia edificante, se yergue, desafiante y vencido, como un viudo identificado con la muerte".

Estos  enunciados de  Kristeva y de Negroni tienen relación con el poemario Soy mi cuerpo: las poses sombrías de estos textos se abren con palabras místicas, que nacen de un cuerpo que peregrina, vulnerado, confinado. La poesía, umbilicada, sumergida, se hace cuerpo, edificándolo y sosteniéndolo. La voz lírica, a través de este recorrido, nos adentra en un cuerpo herido/ desnudo, que cavila y se cuestiona intensamente.

En Soy mi cuerpo, la clarividencia y epifanía de esta voz poética nos hace cómplices de este viaje de exaltación y goce, donde estalla su pulsión, para luego, sosegada, resurgir del abismo.

Cuerpo enfermo y recuperado
como el filo quebrado de un vaso
que corta
y aún contiene agua pura.  
—Rock Nacional

miércoles, septiembre 7

Tálata Rodríguez: "Internet es un libro que nadie va a leer completo jamás"

Fotografía de Romina Zanellato

Hace casi dos años, durante los días de la feria del libro de Guadalajara, unos cuantos poetas jóvenes, casi todos mexicanos pero también algunos extranjeros, se reunieron en una serie de actividades paralelas bajo el sonoro nombre de “perros románticos”. Una noche, en uno de esos eventos, apareció Tálata Rodríguez con sus poemas no para leerlos, porque se los sabe de memoria, ni para recitarlos o cantarlos, sino más bien para relatarlos en una especie de rap a capela. Otro día, esta vez sí en el recinto ferial, ésta colombiana radicada en Buenos Aires presentó su libro Primera línea de fuego (Tenemos las Máquinas, 2013), un pequeño volumen de nueve poemas que incluye códigos QR que a su vez llevan a nueve videos, nueve performances, de Tálata Rodríguez.

Ante una propuesta así, uno se siente tentado a hablar de tecnología y vanguardia, por mencionar dos formas de la fantasía, pero la verdad es que, como sostiene Fabio Morábito, la poesía tiene menos que ver con la escritura que con el aliento, la voz y el sonido. Eso, nada más, es lo que Tálata Rodríguez demuestra y sobre lo que conversamos brevemente. Junto a esta entrevista, publicamos tres de sus poemas aquí.




¿Cómo comenzaste con los videos?
Ya tenía una idea de cómo hacerlos porque mi mamá había hecho producción para la televisión y videoclips para bandas. Pero, en realidad, empecé a escribir los textos primero y un día se me acercó un videasta y me dijo que teníamos que hacer un video, que así se notaría cómo los digo de memoria y tal. Después desarrollé más el concepto y fui incorporando a la gente como público espontáneo. Para eso empecé a trabajar en espacios no convencionales: en una cancha de fútbol, en un taller mecánico, en el subte, en Colombia filmé en el teleférico. Lo que me interesa destacar es que más que un libro tengo un canal de YouTube. Me interesa la literatura que va por fuera del libro, de la que usualmente decimos “esto no es literatura”.

¿A qué le dedicas más atención, a la escritura o a su puesta en escena?
Me esfuerzo más en la puesta en escena. Cada video lo elaboro mucho conceptualmente, juego con todo el imaginario de otros relacionados que pudiera haber. Cuando hice el del taller, antes miré todos los videos de talleres con mujeres que encontré y todos eran de venta de lubricantes o de mujeres en bolas bailando reguetón. Un poco intento que ese lenguaje, esos símbolos de esos videos que encuentro queden plasmados de forma poética en los que yo hago.

¿Por qué te inclinaste por la poesía y no, por ejemplo, por la música?
De hecho, lo primero que hice fue letras de canciones, como una cosa personal, mi pareja era músico. Cuando me separé, me quedé sin el guitarrista que sacaba la melodía para mis letras. Así que me quedó la letra sola y me di cuenta de que el texto solo valía muchísimo y que no necesitaba apoyarlo, como si fuera una muleta, en nada. Si yo lo trabajaba, adquiría mucha más potencia a que si lo hubiera convertido en canción. El texto, así solo, puede ser poesía y música a la vez. Al final, la poesía siempre tiene musicalidad.

Cuéntame un poco de Primera línea de fuego, el libro que presentaste en la FIL Guadalajara
Tengo una experiencia previa que también es multidisciplinaria, un libro de poemas y dibujos que hice a los 5 años con mi padre. Treinta años después, hice este libro que tiene mucho que ver con el primero, como un desarrollo más en lo contemporáneo.

Pero sigue siendo un libro de formato convencional
Sí, pero no, porque tiene códigos QR que se escanean y sale un video. Así, uno podría asistir a tres tipos de lectura simultánea: leer el poema, escucharlo recitado y ver el video.

¿Crees que el libro en papel sigue siendo la aspiración final del escritor?
No, no estoy de acuerdo. Me parece muy cerrada la idea de que la literatura es solo lo que sucede dentro de un libro; por eso mis textos son anécdotas de vida, mis héroes son personas que conocí.

¿Es un medio más, entonces?
Para mí, el libro es como un pasaporte, un documento de registro donde queda plasmado algo. Me interesa lo que va más allá, el libro es solo lo formal, porque todavía hay cierto entendimiento en torno a él como forma o estructura. No me veo en el futuro pero creo que voy a desarrollar más el canal y lo que va por fuera, juntar un nuevo público.

¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto? ¿En qué te interesa incursionar?
Estoy trabajando en un nuevo poemario que editaré con Mansalva el próximo año. En general, quiero trabajar con material residual, con mails, con la papelera de reciclaje, con chats y mensajes de texto. Para mí, el chat es una nueva dramaturgia, los emoticonos son un nuevo esperanto, internet es un libro gigante que nadie terminó de escribir y nadie va a leer completo jamás.

"No morderás la mano que acaricia" (Poemas de Tálata Rodríguez)



TODOS MIS MUERTOS

Las mujeres me criaron,
las calles me educaron,
una manada de lobos sueltos
con el pelo atado.
He visto noches frías de narices frías diciendo
qué le hace una mancha más al perro. Comiendo gato
desfilando sin ojos atrás del cementerio.

Bajo Flores, Av. Varela
antes era el paseo de compras de mi abuela
visitábamos las tumbas, parecíamos floreros.
Todo tenía volados.

No entendía lo que era porque sobraba: el tiempo.
Lo fue ocupando todo. Agenda bien marcada de estudiante.
Gimnasio, turno tarde, inglés particular, la esquina.
Desconocíamos nuestro talento, jóvenes niños esponja,
pero nuestro instinto era superior,
puro un poco rudo
de ver tanta queja y el ritmo de la policía despareja
entrando y saliendo del barrio con su estela narcótica
tenía que llevar veinte pesos en el documento
para seguir contando el cuento.
Mi colegio siempre a media asta.
Don Bosco industrial
Don Bosco obrero
Don Bosco salesiano
Parque Avellaneda, la casa del doctor y el pastizal alto
donde me enterraba el beso del chico de pelo largo.
¿Dónde estarán ahora esas estrellas
vistas desde una roca
al lado de la autopista?
¿Habrá allí una pareja de adolescentes
cerrándose las bocas con sus bocas?

No entendía lo que era porque sobraba: el tiempo.
Lo fue ocupando todo. Agenda bien marcada de estudiante.
Buscando la pausa apretando fast forward, Patricia
vos sabías bien la materia
yo te había preparado.
Oso chiquito pico de pato. La tabla de los elementos,
mis sentimientos, tan elementales.
Vos sabías bien. Yo te había preparado.
Noche tras noche de verano en ropa interior, tu pelo,
color futuro. Vos sabías
bien. Pero algo salió mal.
El teléfono no sonó y comí todas las galletitas Duquesa
pensando en tu boca de fresa.
La princesa está triste
qué tendrá la princesa.
Te pegaste un tiro en la cabeza.
Primer día de clase y me lo dijeron así.
Uniforme escocés
lágrima seca
ataque de risa histérica.
No entendía lo que era, pero se detuvo: el tiempo.



TANTA ANSIEDAD

La computadora. El chat, toda esa gente solitaria.
¿Qué es esto que siento? Soñé que manchaba las sábanas mientras cogíamos.
Una pareja de viejos nos miraba. Yo sé dónde está mi herida
pero vos estabas exhausto. Tenías el pelo largo como un animal salvaje.
Vos, no sé quién sos vos.
Pero estabas ahí, con tu torso de indio,
tu cadera de surfista californiano. Yo te miraba
sentada junto a ese par de nosotros mismos viejos
perdidos en el cuerpo del buda
soñándonos.
Te miraba y veía el pequeño rubí rojo y vivo como el sexo
tendido a tus blancos pies, sobre blancas sábanas tendidas.
¿Yo, quién era?
Un hada lisérgica con formación de geisha y actitud rolinga.
La punta de mi lengua sobre tu cuerpo en punta.
Una habitación llena de juguetes.
Hasta las esposas de peluche, lámparas de aceite.
No hay banda.
No hay banda.
Esto también es una ilusión, pero se siente tan real.
Ya no está la noche del ángel y el futuro ha sido dicho:
no morderás la mano que acaricia.



TORRES GEMELAS

Nosotras vimos las torres gemelas
y no nos importó.
Dos estatuas bien paradas entrando en el cielo
custodiando el abismo. El abismo
del capitalismo.
Las vimos y las despreciamos.
Había una fiesta, tocaban los Chemical Brothers
pero preferimos huir adornadas
con nuestros junkies en patineta
borrachas de un whisky mal embotellado.
Cruzamos dos veces el puente de Brooklyn,
de un lado la casa improvisada;
del otro, la cocina del infierno
donde nos desnudamos para quedar mejor vestidas.
Un tipo te gritó, "I'll ride you like a horse".
No pude evitar gritarle yo, "I'll fuck you like a horse".
Tuvimos que correr. Y seguir corriendo
hasta volver al hotel donde un viejo escritor
tenía la última habitación sin remodelar
porque no había querido vender.
Era nuestro vecino
y le encantaba mostrarnos la grasa pegoteada,
la basura, las ollas en el piso,
palabras arrugadas en arrugados papeles en la basura,
en las ollas, en el piso.
Pero nunca se quejó.
Nunca se quejó de los chicos, de los skaters,
de los skaters de los chicos,
de mi cabeza golpeando la pared a las cuatro de la mañana,
de Jimmy Boy caminando por la cornisa,
nosotras muertas de risa,
de los grafitis, de tu cuerpo,
de tu cuerpo en mis grafitis.
Era lógico: en nuestra ventana
proyectaban en continuado
la cúpula del Empire State
en el "Día de los Enamorados".
Éramos jóvenes,
pero nos sentimos ricas.
Nos sentimos nuevas
cuando repasamos con nuestros ojos pobres
las paredes llenas de cuadros muertos y el Central Park
y los campos de frutilla para siempre secos.
Los museos.
Los museos son los sepulcros familiares de las obras de arte.
Tus guantes estaban llenos de ese
y otros secretos que echaron a volar
con el primer ángel que dibujé tirada en la nieve
para protegernos del amor
después de que un texano
me pagara seis rondas de arruina conductores
con tal de que no bebiera más de su vaso
de su vaso y lo llenara de mis microbios
de mis microbios de chica latina
de chica latina que no aspira cocaína
ni fuma orégano creyendo que es marihuana
como los yuppies de Broadway
que masacran el mundo con su tarea fina.
Al día siguiente
verde de la resaca verde
mientras esperaba en el pasillo para ir al baño
un gordito blanco me quiso dar.
Me quiso dar dinero a cambio de un juego sin pijama:
"Are you a professional lady?", dijo
Y yo: "Sí, I'm a profesional lady",
pero con vos
gordito, gordito blanco,
gordito norteamericano,
nada tenés en el bolsillo
y menos en el pantalón
que llame mi atención.
Con vos
ni por dinero,
ni por favor,
mucho menos
por amor.
El árabe nos explicó después que el intercambio
ahí era una ley: con razón era tan barato el hotel,
con razón nadie llevaba equipaje. Solo había parejas.
Usábamos las instalaciones para lo que habían sido construidas:
toda nuestra rebeldía quedó reducida
a esta poesía.

Nosotras vimos las Torres Gemelas
y no nos importó.
Cuando tomamos té en un vaso de litro y medio
estábamos en China Town
y los dragones se colgaban de los postes de luz.
Te compré, me compraste, nos compramos
sin entender porqué.
La manzana podrida lleva a la compra compulsiva
con las espaldas bien guardadas en nuestras fundas de seda,
los pañuelos bien peinados en la cabeza tiesa,
dispuestas a pagar con la vida
y cometer este atentado suicida
contra todo lo que el mundo olvida.



***

(*) Estos poemas fueron tomados del libro Primera línea de fuego (2013).

Tálata Rodríguez (Bogotá, Colombia, 1978). Vive en Buenos Aires desde 1989. Fue niñera, promotora, quinielera, manager, productora, cocinera y bartender. Ahora es poeta.

Se pronuncia cotsía


En la película Diamante de sangre, Leonardo DiCaprio interpreta a un traficante que busca como sea hacerse rico y salir de África. Hacia el final, cuando yace herido en la ladera de una montaña, tiene una revelación al ver cómo se mezcla la sangre que sale de su cuerpo con la tierra rojiza que lo acoge. No hay otro lugar donde deba estar. Se lo insinuó antes su mentor, el coronel Coetzee: “Éste es tu hogar, nunca dejarás África”.

Es muy probable que no lo sea, pero quizás este coronel fue concebido a partir de la obra de su tocayo, el nobel J. M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940). En ambos hay audacia, lucidez, sensibilidad y, sobre todo, una dura determinación.

Coetzee (pronunciado “cotsía”) nació en una familia de afrikáners —descendientes de colonos holandeses— y ha dicho que desde el 1 de enero de 1970, cuando se encerró para comenzar su primera novela, no ha dejado de escribir nunca. Ése es su mito de origen, pero lo cierto es que antes, tras estudiar literatura y matemáticas, ya había publicado poemas en revistas universitarias y había experimentado con la poesía generada por computadora —tomar en cuenta que lo hizo al menos unos veinte años antes de que se creara internet y se popularizara el uso de la computadora personal.

La discreción y la seriedad de Coetzee son harto conocidas, pero una mirada atenta a su obra muestra que su vida y su tiempo ya están ahí desde el primer libro. Tierras de poniente, por ejemplo, ajusta cuentas con la figura paterna como La edad de hierro lo hace con la materna; en Desgracia están los conflictos del fin del apartheid como en Hombre lento están los ocasionados por la migración (Coetzee es ciudadano australiano desde 2006); y en casi todos: el Karoo, el desierto donde creció y que será siempre su hogar.

En la feria del libro de Guayaquil, Coetzee dará una conferencia sobre la censura y leerá dos capítulos de su próxima novela, The Schooldays of Jesus (continuación de su última novela publicada, La infancia de Jesús), todavía inédita incluso en su idioma original. Oportunidad única para escuchar a quien tal vez sea el escritor vivo más importante.

jueves, agosto 18

Mara Pastor: "No soy de la especie que canta en la ducha"


Desde Puerto Rico, la escritora Mara Pastor (San Juan, 1980) respondió nuestras #Matapreguntas para esta semana. El año pasado, ella fue una de las invitadas al Festival de la Lira de Cuenca, uno de los encuentros de poesía más importantes de la región. Acompañamos sus respuestas con unos cuantos poemas de Arcadian Boutique, uno de sus últimos libros.


¿Cuál fue el último libro que leíste?

Palabras de pescadores: entrevistas con pescadores comerciales de Puerto Rico: 1991-1995, de María Benedetti.

¿Qué libros has robado?

Sus brazos labios en mi boca rodando, de Sergio Loo.

¿A qué escritor resucitarías y para qué?

A Sherezade, para que nos salve a cuentos.

¿Qué cantas en la ducha?

No soy de la especie que canta en la ducha. Declamo epitafios a seres queridos que aún no han muerto. Es un aprendizaje de la ausencia.

¿Qué harías con un Gregorio Samsa en tu familia?

Permitirle ser el insecto que devino. Instagramearlo anclado en el techo, orgullosa.

¿Cuál ha sido tu peor trabajo? 

Cuando tuve que traducir diez libros de matemática en tres meses. Valió la pena, pero sufrí.

¿Cuál es tu secreto peor guardado?

Mi imprudencia. Es silvestre. No avisa.

¿Qué te gustaría hacer que no tenga que ver con la literatura? 

Telepatía con otras especies.

¿A qué autores jóvenes recomiendas?

Javier Peñalosa y Mariana Rodríguez (México), Robin Myers y Noel Black (USA), Legna Rodríguez y Jamila Medina (Cuba). Y de mi país, a los jovencísimos poetas ponceños Carlos Eduardo Silva, Ivelisse Álvarez y Anthony Hernández.

¿Cuál es el primer libro que recuerdas haber leído?

El día que perdí aquello, un libro de entrevistas sobre cómo personalidades famosas españolas habían perdido la virginidad. Lo tomé del librero de mi padre porque en la portada tenía el dibujo de una niña mirando una flor, así que por mucho tiempo pensé que todos escribían de cómo habían perdido una flor. Tenía 5 o 6 años.