miércoles, agosto 21

Carlos Yushimito, sospechoso #7


Como Daniel Lucas, de Matavilela, me pide que les cuente una anécdota, aquí les cuento una que pocas personas conocen:

Vivía en Inglaterra, a la edad de veintiún años, cuando acabé aislándome durante algún tiempo en un pueblito del sur llamado Torquay, tierra natal de Agatha Christie. Allá solo vivían empleados mal pagados de hoteles, como yo; jovenzuelos sin mucha esperanza de vida, y algunos ancianitos que llegaban de todas partes de la Pérfida Albión para asolearse cerca del puerto, en unas silletitas que apuntaban a una ensenada llena de veleros. Los traían, cada mañana, en autobuses apiñados, y luego se los llevaban, dios sabe adónde, de modo que siempre había varios de ellos sentados, comiendo fish and chips en el puerto y leyendo un periódico local llamado The Herald Express.

Una mañana salía de la biblioteca local –en donde leí por primera vez a Javier Marías–, cuando fui abordado por dos policías. Eran inmensos ambos y, mientras yo titubeaba, temiendo un arresto inminente (acto reflejo íntimamente ligado a la peruanidad, según creo entender), extrañamente se deshicieron en rápidos elogios que apuntaban a mi singularidad étnica –todos en Torquay, debo decir, eran rubicundos y atléticos–, y a continuación me invitaron a formar parte de una rueda de reconocimiento, puesto que, como era habitual en ese pueblo, algún bribón había asaltado una pulpería y había sido capturado a las pocas horas. Dijeron, para animarme, que contribuyera con la justicia, con el servicio a la reina y que me pagarían. Y como yo andaba bastante pobre por entonces, no dudé en aceptar.

Si nunca han formado parte de una rueda de reconocimiento les contaré de qué se trata. Al principio, uno está sentado en una habitación blanca, estrecha, mirando a una larga pared cubierta en su totalidad por un espejo. Yo era el sospechoso #7 y todos vestíamos la misma gorrita negra. Lo curioso de todo esto es que uno jamás deja de observarse. Escucha una voz en off que da instrucciones: “#6 ¿puede por favor quitarse el pendiente de la oreja derecha?”; “Ahora está ingresando el acusado” (había una silla vacía para él); “En unos minutos el testigo procederá a identificarlos”. Sin embargo, esa voz jamás distrae a la mirada, que permanece siempre quieta, fija en el espejo. Cuando este momento llega al fin, es decir, cuando se procede a la identificación, el espejo reduce una capa posterior invisible; uno se da cuenta de esto, se da cuenta, porque el grosor de aquella superficie disminuye, aunque es invisible; y esto es lo más interesante, porque el sospechoso no ha dejado de mirarse todo ese tiempo al espejo y es capaz de percibir esos detalles mínimos, incluso, los que alteran su propio rostro.

Esta es la pregunta inevitable que nace en la cabeza de todo falso sospechoso: ¿Y si, por alguna razón, el testigo me señalara a mí? A mí me pasaba que iba evitando gestos peligrosos para no ser confundido. Buscaba entre mis músculos la cara más inocente. Pero recordaba, al mismo tiempo, cada una de las maldades que había cometido; incluso creo haber recordado el día en que, siendo niño, le quité los tornillos a la mesa del comedor y arruiné el almuerzo de mis padres. Todo eso lo recordaba con severa angustia y mi cara, sin mover los labios, gritaba rígidamente: ¡Culpable! ¡Culpable! Yo solo disimulaba; y creo que lo hice bien, porque al final, logré salir sin problemas de la estación de policía. De algún modo, visto en el tiempo, ese fue el momento en que me inicié en el psicoanálisis. Y aunque recibí como pago 15 libras esterlinas, se ve que no hice del todo bien aquel trabajo, porque no volvieron a llamarme como sospechoso, aunque varios de mis colegas les eran –por lo que pude ver– conocidos a los polis, e incluso se despedían de ellos dándoles palmaditas en los hombros. Aquella tarde perdí la oportunidad de encontrar una profesión que, al menos, por entonces, en Torquay, parecía ser muy rentable y no dudo que bastante digna. Carlos Yushimito*


DL: ¿Con qué libros habrías enloquecido a Don Quijote en lugar de los de caballería?

CY: Con los poemas de Mario Benedetti.

DL: ¿Qué harías con un Gregorio Samsa en tu familia?

CY: Lo entrenaría y luego lo pondría a trabajar en un circo.

DL: ¿A qué escritor resucitarías? ¿Y para qué?

CY: A Carlos Eduardo Zavaleta. Me gustaría seguir charlando con él algunos domingos.

DL: ¿Ser o no ser?

CY: Tal vez algo intermedio.

DL:¿Qué personaje literario no te gustaría tener como enemigo?

CY: A Anton Chigurh, definitivamente.

DL: ¿Cuál sería el soundtrack ideal para el Fin del Mundo?

CY: Piel canela, del trío Los Panchos.

DL: ¿Qué harías si encontraras el Aleph de Borges?

CY: Probablemente no me sorprendería: ya uso Google.

DL: ¿Qué opinas sobre las rubias?

CY: Que usualmente se comportan como las morenas.

DL: ¿Qué tienen en común los escritores y los banqueros?

CY: Son ególatras, sobrevaloran su oficio y jamás se hacen responsables de las crisis que provocan a su alrededor.

DL: Si permanecieras encerrado un año en una casa, ¿qué guardarías como provisiones?

CY: Varias latas de Canada Dry (Ginger Ale), Doritos, unas pastillas de Diazepam.

DL: ¿Cuál es tu secreto peor guardado?

CY: Que soy sonámbulo.

DL: Cuando las mariposas se enamoran, ¿sienten humanos en la barriga?

CY: Todo el mundo sabe que las mariposas no tienen tiempo para enamorarse. Viven en promedio dos semanas, razón por la cual, sencillamente se reproducen.

DL: "Ay Dios mío, ¿y ahora qué?", solía ser el primer pensamiento mañanero de Bukowski.
¿Cuál es el tuyo?

CY: “¿En qué momento me quedé dormido?”

DL: ¿Quién ayuda a Dios cuando madruga?

CY: El banco del Vaticano.

DL: ¿Con qué personaje literario te gustaría tener un affair?

CY: Con Mathilde, de La Mole.

DL: Si llega a tu casa una musa ¿qué haces?

CY: Rubén Darío decía que había que preñarlas a todas. Yo me contentaría, en cambio, con que me hicieran un masaje.

DL. Tu cita favorita

CY: Abra el libro como quien pela una fruta. (Carlos Oquendo de Amat, Cinco metros de poemas).

DL: Si la supervivencia de la literatura depende, como en Fahrenheit 451, de memorizar un libro, ¿cuál sería, por qué?

CY: Probablemente la Biblia. Luego tendría la esperanza de que, como en el teorema de los monos infinitos, de su lectura nacería, tarde o temprano, otro William Faulkner.

DL: Estás a punto de morir, escribe tu último tuit:

CY: “No hay mejor prueba que esta para demostrar que desperdicié mi vida.”


*Carlos Yushimito, escritor peruano, nacido en Lima en 1977. Ha publicado los libros de cuentos El mago (2004), Las islas (2006), Equis (2009), Lecciones para un niño que llega tarde (2011) y próximamente Los bosques tienen sus propias puertas (2013). Fue seleccionado en 2008 como uno de los narradores jóvenes de mayor proyección por Casa de las Américas y Centro Onelio Cardoso de Cuba; y en 2010 por la revista británica Granta entre los 22 mejores narradores en lengua castellana menores de 35 años. Ha sido invitado a las ferias de Santiago de Chile, Bogotá, Miami, Quito y Guadalajara. Esta última lo incluyó entre los 35 escritores destacados por Latinoamérica Viva en 2012. También formó parte de los festivales Literaktum de San Sebastián, España; del primer Encuentro de Escritores Jóvenes de Buenos Aires; y del BookExpo America de Nueva York. Incluido en antologías de 9 países, varios de sus relatos han sido traducidos al inglés, al portugués y al francés, y se han publicado en revistas internacionales como Granta, The Asian American Literary Review (AALR), Alba París, Hueso Húmero, Review: Literature and Arts of the Americas y Revista de la Universidad de México. Graduado en Literatura por la Universidad de San Marcos de Lima, ha recibido una Maestría en Estudios Hispánicos en Villanova University, EE.UU; y actualmente sigue estudios de Doctorado en Brown University.