miércoles, agosto 28

Esa oscurísima mina que es el lenguaje


POR: JOSÉ KOZER.

En América Latina, entre los poetas que hoy escriben poesía en español y portugués, se ha desarrollado una conciencia fuerte, agreste, del quehacer poético. Es una conciencia que se manifiesta con lenguaje abierto, libre, o que trabaja para liberarse de las trabas de la convención, que permite fijar en los textos todo tipo de retórica, justo para desbancar, mediante la ironía (a veces velada, a veces evidente) la retórica al viejo modo, que ya no sirve para confrontar, mediante la poesía, el mundo actual. Esta nueva poesía de estos poetas abre sus fauces ingentes a todo tipo de materiales para incrustarlos, privilegiarlos desde una nueva y temible escatología en sus poemas: los residuos, la excrecencia, los diversos estilos históricos, las métricas obsoletas que se dispersan y fragmentan en los nuevos textos de estas voces. Ahí están el material de acarreo, el cascajo de los vertederos de basura, los bosques putrefactos, la gangrena azul que invade los cuerpos, las ideologías oportunistas, nuestras ciudades condenadas ecológicamente al olvido, a la vuelta al manglar, son algunos de los fundamentos de la realidad a los que estos poetas no dan la espalda.

Entre estas voces posee espacio destacado la obra del ecuatoriano Luis Carlos Mussó, poeta que con Alzheimer se suma a quienes  no temen cantar (el verbo para esta nueva poesía empieza a volverse obsoleto también), o dibujar, todas las realidades que el mundo contemporáneo obliga a confrontar, a reconocer como materia poética: nueva arcilla, lama, fango, detrito con que forjar una nueva poesía para unos nuevos y desestabilizados tiempos.

Hablar de la demencia senil o del olvido, que es la enfermedad que la poesía debe confrontar, exige un rigor de expresión, una fuerza y contención pocas veces vista. La enfermedad, como lo fue la tuberculosis en el siglo XIX, se presta al melodrama o “soap opera”, a convertir el dolor personal en relato liviano para las masas, para ese negocio de explotación que invade y rebaja a diario el dolor en aras del peculio. El Alzheimer de Mussó sale airoso de esta posible trampa, y asimismo sienta pauta, conforma un camino verdadero a la hora de arrostrar esta monstruosa enfermedad en cuanto enfermedad, y desde la poesía: desde la situación actual de todo enfermo, en una sociedad enferma de mercantilismo y de falso progreso, tocada por un fascismo que en sí mismo enfermo quiere enfermarlo todo, y en ese camino, controlar la realidad civil, económica y religiosa para hacer de la escritura un animal doméstico que come de la mano del poder.

Alzheimer de Luis Carlos Mussó es un libro importante, y es importante darlo a conocer por su moderna manera de explotar los numerosos y diversos registros del lenguaje actual, un lenguaje en estado permanente de inestabilidad y búsqueda abierta de más y de nuevos registros, a la hora de plasmar nuestro mundo en cuanto desgarramiento polimorfo, polifémico, de numerosas valencias y modos de comportamiento. Así, estamos ante una poesía que más que de la trascendencia se ocupa y preocupa del proceder y la disposición. Mussó ve en esta enfermedad a un monstruo devastador (habría que decir monstrua devastadora “celosa del Asombro”), en la que se cumple lo de “todo lo que toco se transforma en despojos.” Aquellos despojos que en este contexto son olvidos, las lagunas de la enfermedad, lagunas que se expanden y profundizan, y dejan al cuerpo, vivo aún, en pura piel, la piel que ya es palpable esqueleto intelectual, y descompuesta manifestación de un cerebro minado que se va reabsorbiendo a sí mismo.

El anacoluto es un instrumento que permite al poema abrirse a todo, hacer que en el poema quepa la totalidad del entorno y los adentros, sin categorías de superior o inferior, blanco o negro, prohibido o aceptable. El libro de Mussó, que casi al final se convierte en un auténtico encefalograma de la devastación, hace del Alzheimer un exilio, un espacio donde desaparecen los “destellos de la Memoria” y donde somos convocados a contemplar una “hermosísima basura arrastrada por la marea”, confrontando los naufragios y sus pecios, los fangales y sus mangles, la vegetación que ralea en las circunvoluciones cerebrales, que deshace las sinapsis, y arranca de cuajo dentro del cerebro derruido el árbol de la vida, la geografía del lenguaje hecho para defender la persona contra la marea de la enfermedad y la concomitante Muerte.

Cabe todo, pues, en este formidable libro de poemas de Luis Carlos Mussó: las referencias japonesas (tsunami, origami, Mata Hari) las referencias cristianas de barrio y procesión, y la cultura autóctona (la presencia del peyote, por ejemplo) el cementerio judío, el espejo trizado, y unos medicamentos (Galantamina, Rivastigmina, Donepezilo) que evocan desde sus nombres científicos mundos nuevos fabulosos, nuevos polifemos y nuevos anteos, con sus galateas de fábula, que bien pueden llegar a constituir el mito más real y viciado del mundo contemporáneo.

Luis Carlos Mussó logra en Alzheimer una odisea interior donde se testimonia la devastación del cuerpo individual como contrapunto de la devastación del cuerpo colectivo: es viaje por la vía del lenguaje como mina infinita donde caben lo ínfimo y lo magnificado, lo escatológico y lo amoroso, “la negra tela de un fotógrafo de parque” que desde el síndrome del olvido engulle lo que es y no es realidad. Se traga, cual “estopa y lingote de carne”, lenguas, esencias, “demencias genitales”, trastornando neuronas, deshaciendo la lengua múltiple del condenado por Alzheimer a disolverse: Mussó nos dice de esa lengua en cuanto “lengua habitada/ lengua torcida/ lengua suspensa” que en su políglota multiplicidad va mutando Ciudad del Carajo en Ciudad del Olvido, para rescatar, desde una humanidad siempre chisporroteante, la implícita Ciudad del Presente que es todo buen libro de poesía.